lunes, octubre 09, 2006

Tomás Eloy Martínez y las mentiras de Bush


No es la primera vez que Tomás Eloy Martínez se lanza en contra de Bush hijo. Pero esta vez toma como pretexto la cultura de la mentira que, según el escritor argentino, es fomentada desde la administración republicana y asimilada por los medios. Problablemente hay muchos ejemplos para dudar de los argumentos del autor de la novela de Perón pero, sin duda, es un punto de vista interesante. Este artículo fue publicado por la Revista del Sábado.

Tomás Eloy Martínez
Cuando llegué a Estados Unidos, al comienzo de la era Reagan, la cultura protestante se había enraizado con tanto brío en ese país que nadie se permitía mentir sobre los datos importantes. Las líneas de crédito, las opiniones sobre terceros y las informaciones personales estaban basadas sobre un principio de confianza que parecería ingenuo si no hubiera estado reforzado por los castigos implacables que se aplicaban a los que mentían. Un ciudadano sorprendido en falta era un paria. Se le cerraban las puertas de los bancos y de los trabajos más dignos. Recuerdo que, cuando tomaba exámenes a los estudiantes de Letras de la U. de Maryland, me retiraba del salón con la certeza de que nadie osaría espiar los apuntes de clase o copiar a un compañero. La cultura protestante también exige que, cuanto mayor es la falta, más perdurable sea el castigo.

Algunos mentirosos no salen airosos de sus fábulas. Janet Cooke, la periodista de The Washington Post que en 1981 ganó el Pulitzer por su crónica sobre un chico de ocho años que se inyectaba heroína delante de la madre, jamás volvió a trabajar en un medio respetable. Gary Hart, el senador demócrata por Colorado que en 1987 tenía altísimas posibilidades de ganar la Presidencia, debió retirar su candidatura cuando negó una aventura extramatrimonial que fue descubierta al día siguiente. La moral puritana es implacable con los deslices sexuales ¬lo fue con Bill Clinton, que a duras penas salió del barro¬, pero suele bajar la guardia cuando el que miente declara que es un santo.

El martes 19 de septiembre se distribuyó en las librerías de Nueva York un notable libro del legendario periodista Frank Rich, cuyo subtítulo refleja el contenido con mayor claridad que el título: se llama The greatest story ever sold (La más grande historia jamás vendida) y, al pie, Ésta descripción: "Declinación y caída de la verdad". El tema es, sin duda, ése: la agonía interminable de la verdad en un país donde Dios y la verdad suelen confundirse. Rich ve la historia reciente de los Estados Unidos o, al menos, la historia fabricada por la propaganda oficial, como una representación, una telenovela conducida por un "cheerleader".

La comparsa que lo acompaña crea también, según Rich, una realidad imaginaria, retocada por falsos periodistas, fotógrafos que maquillan el paisaje, expertos en convertir en verdaderas las informaciones falsas, nubes de consejeros en relaciones públicas y, como consecuencia, héroes falsos y victorias falsas.

No se trata de encubrir la verdad con engaños masivos. Se trata de representarla o, mejor aún, de crearla de nuevo. En la introducción de su libro, Rich resume esa situación con una escena clarísima. Cierto ayudante del Presidente George W. Bush ¬alguien que, según Rich, podría ser Karl Rove, la eminencia gris del gobierno¬ explica que los periodistas son meros espectadores de un juego que deben estudiar y descifrar, mientras los amos están inventando un juego nuevo, con reglas que también deberán ser estudiadas. Y así, infinitamente.

El ayudante presidencial dice, con transparente cinismo: "Somos ahora un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad". Uno de los escenarios más sofisticados que se montaron para ese teatro de apariencias fue el que intentó justificar el ataque a Irak con dos pretextos falsos: los lazos jamás probados entre Saddam Hussein con Osama Bin Laden, y los supuestos esfuerzos del gobierno iraquí por fabricar armas nucleares. Tanto Bush como Dick Cheney los difundieron como verdades incuestionables aun a sabiendas de que eran una invención de la propaganda norteamericana.

Rich demuestra cuán fácil es para la gran prensa de los Estados Unidos sucumbir a los espejismos de ese montaje. Los editores exigen que cada fuente sea confirmada por otra, y que cada una de las partes involucradas pueda exponer su verdad. Pero a veces, advierte Rich, el periodista debe discernir si una de las dos fuentes está envenenada y sólo quiere empañar la verdad. La inteligencia del reportero suele, casi siempre, ver los hechos tal como son, con más agudeza que los voceros de una y otra parte. Las mentiras sobre Irak fueron advertidas por el sentido común de periodistas que no tenían acceso a la Casa Blanca antes que por figurones hipnotizados por el poder.

Luego de informar que Bush fue un profesional de "las relaciones públicas" antes de su entrada a la Casa Blanca ¬con éxitos modestos como promotor de compañías de petróleo y un equipo de béisbol¬, Rich enumera algunos de los sofismas representativos del "cheerleader": reducir los impuestos de los que tienen más, confiando en que contribuirán con su caridad a mejorar la situación de los más pobres. Permitirse que las industrias controlen por sí mismas la contaminación ambiental que produzcan.

En esas trampas para niños no han caído tan sólo los incautos. También los opositores del gobierno parecen desorientados por la red inextinguible de falsedades. Ya no se sabe qué terreno se está pisando, dónde termina la realidad y empieza la mentira. Rich dibuja a un Bush intelectualmente mediocre que se comporta, sin embargo, con la seguridad sin fisuras de los tontos. Cada uno de los capítulos lleva como título una frase célebre y fallida de algún miembro de la administración Bush, desde "lo cazaremos vivo o muerto" (a Bin Laden) a "misión cumplida", al declarar (en 2003) el fin de la guerra que sigue en Irak.

La cronología de las últimas 70 páginas es un modelo de periodismo inteligente. Rich agrupa los hechos ¬que van desde el ataque a las Torres hasta la destrucción de Nueva Orleans por el huracán Katrina¬ en dos líneas de tiempo: a la izquierda, los episodios cruciales de los últimos cinco años; a la derecha, las tergiversaciones y manipulaciones con que fueron presentados. Surge así la certeza de que la invasión a Irak fue un objetivo anterior al ataque a las Torres; y también el dato, hasta ahora casi desconocido, de que el propio Presidente autorizó que se filtrara información secreta sobre la identidad de un agente de la CIA, violando la Constitución y las leyes sin consecuencia alguna.

La cultura de un país fundado sobre la confianza y sobre la fe ciega en la verdad ya está herida de muerte y, si se levanta, no será la misma. Los Estados Unidos de George W. Bush se han construido como un teatro en el que las apariencias son la realidad y la realidad es humo que está en ninguna parte.
Tomás Eloy Martínez.

2 Comentarios:

Blogger Carlos V dijo...

El tema es un poco más complejo de lo que pinta Eloy Martínez. Bush no es un "cheerleader" tan bueno como para que el resto del Mundo baile cualquier melodía que toque. Y algunos medios sí han hecho cuestionamientos serios a la política de Estados Unidos en distintos frentes, especialmente el de la guerra de Irak. Pero las guerras venden. Lo saben las televisoras, los periódicos y las agencias noticiosas. Y allí sí que hace rato que existen señales preocupantes sobre cómo el negocio periodístico ha modificado algunas de las leyes esenciales de la profesión. Los Demócratas, en tanto, jugaron el juego. Pensaron que Bush se hundiría en el barro de la guerra de Irak o, en el peor de los casos, le haría suficiente daño al partido republicano como para que viniera otro docenio demócrata. Algo de ese daño lo explica la revista Time en este artículo:
http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,1543943,00.html
Saludos
CV

9:48 a. m.  
Blogger José Luis Contreras Muñoz dijo...

El problema es la mayoria sigue balilando la melodía del imperio.

11:22 p. m.  

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