martes, marzo 13, 2007

¿Calidad de TV?


Hace algunos años Eugenio Tironi dijo que pedirle cultura a la TV era lo mismo que exigir que en una micro (no existía el Transantiago en esa época) el conductor pusiera a Mozart como música de fondo. Después de la pueblerina censura que ejerció el directorio de TVN sobre el programa Epopeya, uno debiera preguntarse muchas cosas sobre la calidad, coherencia e independencia de la televisión chilena. Que haya o no cultura, ya parece un tema de sobremesa. Se siente que el rol del periodismo en TV es precario, luce como una diminuto acompañamiento de la "entretención". Las noticias son previsibles, la creatividad está sujeta a la "adaptación" y la investigación periodística carece de temas nuevos o de mayor relevancia. Por no decir mayor estatus. Esta es una charla que dio Eliana Rozas, la directora ejecutiva de Canal 13, en la Universidad de los Andes y que puede dar ciertas luces sobre la mirada que tiene una de las principales estaciones del país acerca de su propio desarrollo.

Por Eliana Rozas
Sin ánimo de poner pies en polvorosa antes de iniciar la reflexión ni en el afán de ocultar mis incompetencias, quisiera advertir que este es, para la propia televisión, un tema particularmente difícil abordar. Difícil, en primer lugar, porque son muchos lo que menosprecian los espacios y los formatos asociados a aquello que genéricamente llamamos entretención, en lo que, para efectos de esta ocasión, voy a incluir lo que denominamos ficción.

Incluso no son pocos lo que, dentro de los propios medios, entienden que “el corazón” de un canal de la televisión aquello, donde privativamente se juega su línea editorial, son los noticieros y los reportajes.
En los próximos minutos quisiera poder barruntar algunas hipótesis acerca de por qué ocurre este fenómeno y cuál pienso yo que son las justificaciones del estatus fuertemente editorial de la entretención. Con ello, paso quisiera reivindicar para la televisión la definición de los estándares de calidad de los espacios de entretención que difunde. Y no sólo de los de entretención, se entiende. Un medio no es un tubo por el cual discurren contenidos aleatoriamente concebidos, ni por el cual deben transmitirse contenidos definidos por un tercero. Un medio habla desde su identidad y ese debe ser, probablemente, su mayor aporte a la sociedad.
¿Cómo fundar el estatus editorial de la entretención?
En primer lugar, desde luego, por el nivel de consumo. Las cifras muestran que los chilenos consumimos un promedio de 3,1 horas televisión, conforme al estudio del uso del tiempo. Si a eso se agrega que habitualmente las preferencias de consumo están asociadas justamente a los espacios de entretención, en particular de determinados horarios, es evidente que ella es un instrumento privilegiado de comunicación de identidad con la audiencia.
Pero el centro de la fundamentación no está puesto en la cantidad del consumo, sino en la naturaleza de la comunicación televisiva, que se basa en la imagen.
La imagen, en primer lugar, es diferente de la lengua, porque opera en términos analógicos, mientras que la palabra vincula arbitrariamente un significado con un significante. La palabra designa por convención, en tanto que la imagen designa por semejanza. La imagen es una réplica. Como tan bien dicen Missika y Wolton, la imagen es una copia, desde un punto de vista objetivo. Desde un punto de vista subjetivo, en cambio, es una elección.

Eso es así para cualquier tipo de contenido televisivo, para las noticias, el reality show, la telenovela, el concurso, el talk show. No obstante, cuando se trata de contenidos de entretención, sean de ficción o no, hay una segunda elección. No sólo es necesario plantearse qué imagen copiar (eso también se lo pregunta un noticiario), sino qué imagen crear para posibilitar la copia. En rigor, cuando se trata de la entretención la copia y lo copiado son materia de decisión. De una decisión editorial; de una decisión de identidad.
Cuando hablamos de entretención hay una determinada opción de expresión que impulsa una creación; en el caso del periodismo hay una realidad que impulsa una expresión. El mundo de la entretención es, pues, el de la autonomía total, el de la imagen imaginada; el mundo donde la pregunta editorial, la pregunta acerca de la identidad, excede la copia y se adentra en la creación que será copiada.

Más allá de la naturaleza de la imagen, hay otros ámbitos en que las tradicionales certezas acerca de las diferencias entre los espacios periodísticos y los de entretención están trizándose. Justamente en esta trizadura hay una nueva justificación de la relevancia editorial de la entretención.

Tradicionalmente, los medios de comunicación se han constituido sobre la base de los ejes:
El eje de lo racional-público, que surge a partir de lo que tiene consecuencia social, que se ha expresado fundamentalmente a través del periodismo; y el eje de lo emocional-privado, que se constituye sobre la base de lo que es cercano, en términos de las personas que forman la audiencia, el cual se manifiesta en los contenidos vinculados al esparcimiento, la entretención y la publicidad.

La actividad de los medios ha operado en estos términos y la reflexión acerca de ellos, también. Este último punto, el de la reflexión, merece todavía un matiz. La capacidad reflexiva acerca de los medios ha estado, sobre todo, centrada en el primer eje, precisamente porque es el que se constituye sobre la base de la racionalidad y el que “merece” reflexión. En cambio, tenemos muy poca reflexión sistemática y profunda sobre el segundo eje.

Tal capacidad de diálogo con lo racional, con la representación de lo real, no ha tenido correlato en el mundo de la creación que, no obstante, es particularmente influyente desde la perspectiva valórica, económica y estética.

De algún modo, lo que he llamado el eje emocional privado se ha constituido no a partir de la reflexión, sino a partir de la oposición con el racional-público. Es un territorio que se constituye como “lo otro”; un lo otro, de más está decirlo, de contornos algo imprecisos. En parte importante, esta falta de reflexión ha hecho que el fenómeno al que quisiera referirme nos haya tomado bastante por sorpresa y que hoy día caminemos por unos territorios menos seguros que los de antaño en materia de definiciones.
Creo que hoy día estamos en una situación en donde estos dos ejes que he descrito han empezado a desdibujarse y estas vinculaciones racional-público y emocional-privado merecen matices.
El ámbito de lo racional-público, que se constituye sobre la base de la consecuencia social empieza a ser sumamente discutible como paradigma de la comprensión de los medios, toda vez que en nuestra sociedad multifuncional coexisten diversos mundos, ghettos, en el decir de Castells, lo cual en un diagnóstico sumamente compartido exarcerba el individualismo. En una sociedad, acéntrica, que coordina sus operaciones sobre la base de información que es codificada de distinta manera, según los códigos propios de cada subsistema social, en la idea de Luhman, se hace harto más complejo hablar de un eje de estas características. Un eje racional, y sobre todo público, que convive difícilmente con el individualismo.

Revisemos lo que ha acontecido con el eje lo emocional-privado.
Allí ha ocurrido que la escala masiva del consumo ha roto la condición privada de este. La envergadura del consumo, que conste que utilizo esta palabra, con toda la carga privada que ella tiene, ha hecho que él mismo y sus contenidos adquieran caracteres públicos. Eso es evidente en lo que ha ocurrido hoy día con lo que llamamos “periodismo de farándula” y que, en términos tradicionales, dudaríamos en calificar de periodismo, justamente por su prescindencia de lo público y de la consecuencia. De hecho, en esa prensa, la concepción de lo popular se ha desplazado desde lo marginal, el delito, un tema eminentemente público, hacia lo aspiracional y las privacidades del espectáculo, algo eminentemente privado.

Se trata de un periodismo que evita representar la consecuencia, que se funda en el consumo privado, que no informa acerca de lo público, peor, que tiene enormes consecuencias sociales. El impacto social que tiene, por las dimensiones de consumo, lo ha puesto en la plaza pública.

Esta ruptura en la construcción de estos ejes se ha manifestado también en uno de los más importantes, pero menos considerados ámbitos del fenómeno de la comunicación social: la publicidad.
Permítame hacer una pequeña digresión que puede ser ilustrativa. A su tradicional actividad desarrollada para convencernos del consumo de un producto, la publicidad ha agregado la de construir objetos de admiración, de legitimidad, de amor: No se explica de otro modo que empresas proveedoras de servicios básicos centren sus mensajes en su manejo del medio ambiente, o que bancos y supermercados expongan las imágenes de sus ejecutivos en campañas de beneficencia. Hoy día una parte importante del valor de una empresa es su marca, en la cual se han hecho enormes inversiones. Este nuevo modo de comunicación demanda una nueva manera de relacionarse con la publicidad, que supone no sólo la interpelación acerca del producto o del servicio, sino también acerca de la inserción de la correspondiente empresa en la sociedad.

Así, pues, la masividad del consumo publicitario, y desde luego su ubicuidad, han hecho que este aspecto de la comunicación pierda su carácter exclusivamente privatista, que se funda en la comunicación de un ente privado (la empresa) con una persona privada (el consumidor).

Un fenómeno similar ocurre con los espacios televisivos de entretención. La envergadura del consumo los ha vuelto un tema particular de lo público. De lo contrario, no se explica, por ejemplo, que la mayor parte de las cartas que se envían a los diarios acerca de los programas de televisión aludan, precisamente, a los programas de entretención y que la prensa publique muchos más centímetros acerca de este tipo de contenidos que estamos, pues, como decíamos antes, frente a un tipo de programación en donde, como en ningún otro caso, son convocados la imaginación, los sueños, las aspiraciones, la vocación de un canal. Y frente a un tipo de contenidos que, al mismo tiempo, interpela a tal cantidad de audiencia, que su consumo, de algún modo se desprivatizado.

¿Por qué, entonces, esta suerte de desprecio por los espacios de entretención en cuanto a su capacidad de identificar a un canal y de convocar a las audiencias?
No voy a entrar aquí en la antigua discusión acerca de la cultura de élite y la cultura popular, aunque probablemente haya allí más de alguna buena hipótesis explicativa.

Quisiera, en cambio, referirme al tiempo televisivo como una de las posibles razones del menosprecio o cuando mucho del condescendiente mohín de tolerancia que tantas veces generan estos contenidos.

La televisión, que construye su comunicación bajo la forma del espectáculo, lo ha roto, sin embargo, dos elementos de su tradición: el lugar y el tiempo de ese espectáculo, elementos vinculados a cierta sacralizad de este.

La televisión ha hecho que no sea necesario desplazarse a un sitio público para presenciar el espectáculo, como ocurría tradicionalmente, sino que este viene a introducirse a la privacidad del hogar. Noten, por ejemplo, que ello no ocurre con el cine. Uno va al cine.
Así mismo, por obra de la televisión el espectáculo ha dejado de estar separado de las actividades cotidianas, ha dejado de ser momento en que se suspende lo habitual. Más bien, la habitualidad de la vida ha quedado supeditada a los tiempos incansables de la actividad televisiva. ¿No se programa en muchas casas la hora de comida en función de la hora de término de la teleserie? Fíjese que naturalmente he usado el verbo programar. Programar la comida.

Pues bien, de todos los tiempos de la televisión no hay uno más estable que el de los noticieros. Las noticias interrumpen ese fluir constante y paradójicamente cambiante de la entretención y nos hacen comparecer para discutir temas públicos. El noticiero, pues, conserva una cierta sacralizad asociada a la estabilidad de un tiempo que interrumpe un devenir. A eso se suma que el objeto de sus narraciones es de carácter público.

Me atrevería a decir, entonces, que parte importante del estatus editorial que se les otorga a los espacios periodísticos, y particularmente a los noticieros, que desde luego tienen, se vincula con ese fenómeno que acabo de reseñar. A ello habría que agregar que es también en los noticieros y en los espacios periodísticos donde se representa la cuestión del poder y de los poderes en la sociedad y que, por lo tanto, no es de extrañar que las élites y aquellos que entienden a los medios como un poder vean allí el corazón editorial y, en cambio, muestren cierto deprecio respecto de los contenidos de entretención.

No quisiera dejar la impresión de que he venido aquí a minusvalorar el rol editorial de los contenidos informativos en la televisión. Mi propia profesión, la de periodista, se rebelaría contra una afirmación de ese tipo. Simplemente, he querido plantear que la tradicional convicción de que el corazón de un canal televisivo es el noticiario, merece a lo menos un matiz y que el rol editorial que este desempeña debe, necesariamente, convivir con aquel irreemplazable que corresponde a los espacios de entretención.

Un canal que no aborde su entretención fuertemente orientado por sus decisiones editoriales no sólo estará haciéndole una verónica a la naturaleza de las imágenes allí envueltas (las imágenes imaginadas), sino también estará cometiendo una tremenda irresponsabilidad con la audiencia.

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3 Comentarios:

Blogger cflorenzano dijo...

A pesar de lo clara y sustanciosa que suele ser en sus textos e intervenciones Eliana Rozas, los argumentos que elabora en ésta ocasión me parecen vagos y borrosos. La idea que intenta desplegar en el discurso es interesante: cómo ampliar el marco de interpretación a través del cual pensamos el valor de los bienes simbólicos que genera la televisión. Cómo, en otras palabras, interpretar lo que pasa en el mundo de la televisión mas allá del esquema racional ilustrado de la esfera pública que es normal , por no decir majaderamente, invocado para estos fines. Estoy de acuerdo con la señora Rozas de que pasan en los medios y la televisión muchas más cosas, gravitantes desde el punto de vista de la cultura, que las que a la filosofía de Habermas se le ocurrió nunca evaluar. Y que la clave de lectura y valoración de los distintos mundos que conviven al interior de la televisión suele estar demasiado unilateralmente marcada por la idea de que el espacio de visibilidad que abren los medios es un espacio en donde debe realizarse el escrutinio racional del poder. Hasta ahí todo bien y estamos de acuerdo : hace falta un lectura más rica y compleja de las distintas dimensiones y ámbitos de la vida social que la televisión articula. El problema es que no distingo al interior del texto posteado criterios ni argumentos que permitan sustentar tal lectura.

Distingo, más bien, dos argumentos distintos esbozados, ninguno de las cuales me resulta, sin embargo, convincente. El primero dice que, a diferencia del discurso escrito, las imágenes tienen una naturaleza analógica asociativa. Por lo mismo, sugiere el texto de manera un poco borrosa, tenderían a configurarse de una manera distinta, desde el punto de vista de su carga simbólica, que los discursos construidos sobre el logocentrismo de la palabra escrita. Aunque es una afirmación que se levanta sobre una premisa de una abstracción conceptual demasiado vasta, uno puede, sin embargo, como ejercicio, aceptar que tal cosa es cierta. Aun así no queda para nada claro de qué manera la naturaleza analógica de la imágen, como lenguaje que estructura de manera dominante el discurso de la televisión, puede entregar algún tipo de soporte normativo a los contenidos de farándula, esparcimiento y entretención que difunden los canales. Es decir, hay un salto argumental enorme entre la lógica supuestamente asociativa que tiende a regir a las imágenes y el favoritismo editorial de los canales de televisión por los contenidos de entretención y farándula. La conexión, si existe, es remota y tendría que ser probada por una infinidad de pasos argumentales que aquí no asoman. Mucho más razonable y sensato es pensar que, a años luz de la epistemología última del lenguaje televisivo, hay una cultura de producción y consumo televisivo y una lógica de mercado operando que, por razones muy específicas que seria demasiado largo explicar aquí, inclinan cada vez más a los canales a hacer cundir dentro de sus pautas este tipo de programación.

El segundo argumento tampoco resulta convincente. Si mal no entiendo el argumento es más o menos éste : más allá de su dignidad como espacios de constitución de la discusión democrática los noticiarios gozan entre los espectadores de una fuerte reputación simbólica pues cumplen en sus vidas una cierta función ritual : ordenan a su alrededor el transcurso del tiempo doméstico y conservan, por lo mismo, "una cierta sacralidad asociada a la estabilidad de un tiempo que interrumpe un devenir ". Esta segunda observación me parece fina y perspicaz pues cala hondo en la mecánica ciega, irracional (y por lo mismo muy poderosa ) que nos lleva a consumir noticias con la regularidad con que lo hacemos.

No sé si haga falta apelar a la dimensión de lo sagrado pues basta entender el consumo de noticias como un ritual secular que nos permite, por ejemplo, estructurar el tiempo del espacio doméstico. Los trabajos de investigación empírica, respecto del consumo de notcias, que de manera independiente han hecho Roger Silverstone y Mirca Madianou defienden una idea similar a la que plantea el texto. El problema es que la posibilidad que los noticiarios estén cumpliendo una cierta función ritual en la vida del público contemporáneo no dice nada, ni a favor ni en contra, del descrédito editorial que, al menos en el medio de la inteligencia ilustrada, afecta a los espacios de entretención y farándula. Estos últimos tienen potencialmente la misma capacidad ritual de estructurar el tiempo doméstico que una teleserie, un programa noticias o uno de discusión crítica de actualidad. Si esta dimensión, por decirlo en términos rimbombantes, ritual y cícilca, no se ha desarrollado habría entonces que entrar a responder por qué y recién ahí - sospecho - podrían empezar a asomar razones que permitan entender el descrédito en cuestión. Pero más importante que lo anterior aún es que, junto con entregar argumentos de antropología interpretativa (como es el de la función ritual que puede o no cumplir el consumo de noticias en la vida del hombre contemporáneo) hay que presentar claves o argumentos propiamente normativos que nos permitan apreciar el valor de los espacios de dispersión y farándula bajo una nueva luz. Pero eso es justo lo que no veo en el texto posteado.Un texto que me parece errático y desenfocado en varios puntos y, sin embargo, al mismo tiempo (concluyo después de terminar éste interminable post) perceptivo, provocador y estimulante.

3:40 p. m.  
Blogger andrés Azócar dijo...

no

9:43 p. m.  
Blogger andrés Azócar dijo...

Cristóbal

La verdad, estoy muy de acuerdo con tu comentario. Pero parece relevante leer lo que dicen los principales actores de la industria televisiva, más allá de las críticas que uno les plantee.

En este blog no subo sólo artículos afines a mi manera de ver el periodismo y los medios de comunicación, sino lo que creo puede servir como punto de partida para una reflexión.

Desde ese punto de vista, creo que el análisis de Eliana Rozas es similar a muchos ejecutivos que intentan dar un sentido superior al hecho básico y (casi) irracional de sumirse frente a la TV. En Chile hay poco investigación e índices sobre la credibilidad de los noticiarios, por lo tanto sólo podemos observarlos sobre la base de conceptos profundos en su retórica y básicos en sus conclusiones.

Creo que hay algunos ejecutivos de la competencia a Canal 13 que tienen un discurso más pragmático.

Saludos

A

9:54 p. m.  

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