martes, agosto 19, 2008

Oprah y el poder de la TV


El libro The Assault on Reason de Al Gore (reseñado por Francisco Javier Díaz en la última Qué Pasa) se dedica a recopilar las dudas que hay en la capacidad de la TV para generar mensajes persuasivos y, al mismo tiempo, muestra como el espacio para expresiones independientes, generados por las cadenas, se va ahogando rápidamente. Algo que también ocurre con la prensa abierta. La nostalgia y la redención no parecen estar muy vinculados a los medios tradicionales hoy. Sin embargo, el poder de la TV -aunque debilitado por internet- aún mantiene a todos los actores ciudadanos relevantes (políticos, empresarios, activistas y deportistas) colgados de su influencia. El mejor ejemplo de esto es Oprah Winfrey, la popular animadora y empresaria estadounidense. Gracias a su abierto apoyo a Obama, se calcula que la presentadora dio -indirectamente, por supuesto- un millón de votos al candidato de color. El poder de Oprah es impresionante. Su programa se ve en más de 100 países, su revista "O" es una de más leídas de EE.UU. y además es una reconocida crítica de libros. Forbes la apuntó como la afroamericana más rica del siglo XX. Sin duda, un poder que se lo debe a la TV. 30 millones de personas ven su programa sólo en EE.UU. y desde 1986 es el talk show número 1 de ese país. El siguiente artículo del New Yorker entrega tanta luces como el libro de Al Gore sobre el poder de la TV. Y sólo revisando la vida de Winfrey.
“Oprah’s Big Give”: it’s the name of Oprah Winfrey’s new Sunday-night prime-time show—a reality show in which contestants are challenged to give money away in creative ways—but, beyond that, it’s a neat three-word summation of what Winfrey stands for, what she’s achieved in her career, and the image of her in many people’s minds. Let’s start with the last of these words. “Give”: that’s what Winfrey does, though the way she usually puts it is that she “gives back.” And, like so many of her common touches, it makes people love her even more, because they know that she wasn’t given anything to begin with.
Giving—whether it’s love, money, hope, inspiration, shopping tips, or a car—is why she’s here. (Winfrey is one of those people who are able to believe that they were put here for a reason.) “Big”: what is there about Winfrey that isn’t big? Her personality, her gestures, her voice, her dreams, her empire (she’s worth two and a half billion dollars), her own solid physical self, her confidence, her talent—all very big. “Oprah’s”: You name it, she owns it, and her name is on it. It’s hers. Among the possessive trademarks that Winfrey controls are Oprah & Friends, Oprah’s Angel Network, Oprah’s Book Club, Wildest Dreams with Oprah, The Oprah Store, Oprah Boutique, and Oprah’s Favorite Things. The design of the letter “O” used in the title of her magazines, O, The Oprah Magazine and O at Home, is trademarked. Leave it to Winfrey to have a trademark on the letter that’s the symbol for the element oxygen; it’s as if she owned the very air we breathe—not to mention that she was a co-founder of the TV network Oxygen, and that, it was announced two months ago, she is starting up a new venture called the Oprah Winfrey Network, whose acronym is OWN

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viernes, agosto 08, 2008

La idea es no mentir


Los Desafíos de la Libertad de Expresión, se llamó el panel que organizó hace un par de días TVN. Los expositores fueron Claudio Grossman, presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y el rector de la UDP, Carlos Peña. Ambos, salvo por las diferencias que tienen frente al rol del mercado (absoluto) en el desarrollo de los medios de comunicación y la decisión (absoluta también) de emitir contenidos, que obviamente -y con justa razón- defendía Peña, la conversación tuvo pocos matices en lo esencial. Y, por cierto, en un tema como éste se agradece. Ambos coincidieron en la necesidad de despenalizar la difamación y la injuria, eliminar la figura del desacato y generar responsabilidades ulteriores equilibradas al daño. Peña se salió de lo jurídico y apeló a cuatro elementos que siempre acompañan negativamente a la libertad de expresión (causal, ético, político y jurídico) y que deliberadamente se reúnen en la obsesión por la verdad. Tanto en el discurso de los periodistas, como en las defensas corporativas de los que se sienten atacados por la "no verdad" de los medios. La verdad (como la objetividad) es un concepto que no se puede perder como horizonte, pero sería iluso, a estas alturas, no decir que es una suma de puntos de vista (o una suma de subjetividades compartida). Es evidente que la profesión no se puede medir sólo por el grado de verdad de sus medios, sino por la coherencia entre sus propósitos y sus contenidos. Sin embargo, el gran peligro está en la mentira deliberada y que no una actividad aislada. El siguiente artículo de El Mundo, muestra como Discovery Channel altera la realidad sólo por lograr un efectismo, que en este caso sólo causa un daño irremediable a una especie en peligro de extinción.

El horror que Discovery Channel coloca en los televisores estadounidenses todos los veranos se ha terminado. 'Shark Week' (La semana de los tiburones) concluyó el domingo, después de presentar el habitual festival de sangre y de destrucción que se atribuye a esos animales. Una acusación que es una estupidez tan grande como un tiburón ballena, porque en 2007, según la Universidad de Florida, solamente murió una persona en todo el mundo por un ataque de un tiburón.

Sólo como referencia: se estima que en el mismo período de tiempo, hubo 150 fallecidos en todo el mundo porque les cayó un coco en la cabeza. Así que los cocoteros son más peligrosos que los tiburones. ¿A qué espera Spielberg para hacer 'Cocotero', una película de horror sobre el peligro de esos árboles?
Y los seres humanos pescamos cada año entre 30 y 75 millones de escualos.
Evidentemente, eso no importa a Discovery Chanel, una de las cadenas de televisión más rentables del mundo. Este año, el narrador de 'Shark Week' fue, Les Stroud un especialista en series de supervivencia en la naturaleza. Un cierto avance, al menos, sobre la voz en off del año pasado: Richard Dreyfuss, uno de los protagonistas de 'Tiburón'.

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viernes, julio 04, 2008

Una TV acechada


En la última semana, el programa "En la Mira" de Chilevisión llegó a marcar cerca de 35 puntos. Un escenario claramente fuera de la lógica de la actual TV abierta. Todos los estudios indican que la TV está tan golpeada como los diarios por la penetración de internet. En algunos países europeos, las estaciones pierden incluso 1 punto porcentual mensual en sintonía. En EE.UU. la situación es similar. En 2007 los noticiarios registraron una baja de 4% en relación al 2006, según datos de Nielsen Media Research. Además, las tres cadenas más importantes de noticias despidieron personal el año pasado. La TV digital prepara otro gran desafío a los canales de TV frente a un negocio que se ve complejo. En Chile el 2005 los 20 programas más vistos alcanzaban en promedio 30 puntos, cifra que llegó los 22,3 puntos en 2007. Estas cifras en el siguiente artículo de Poder, la revista que dirige Iván Colodro y que ha sido ampliamente difundida por otros blogs.

Por Javiera Moraga
La elección de la norma de televisión digital que adoptará Chile es sólo el comienzo. Por largo que haya sido el proceso, equivale sólo a rayar la cancha para que los jugadores comiencen a luchar. Viejos y nuevos. Hasta antes de este proceso, el mayor cambio que había sufrido la industria televisiva chilena fue el ingreso de actores privados a comienzos de los 90. En aquel entonces todo el negocio pareció reformularse. Si se compara ese cambio con el que está por venir, no parece más que una simple anécdota. Para los involucrados, la digitalización es vista como una revolución. No sólo porque se podrán transmitir contenidos en plataformas hasta ahora desconocidas, sino porque digitalizar permite que la misma información pueda ser transmitida usando un ancho de banda menor, equivalente a casi un cuarto del actual.

“En teoría, dispondremos de muchas más señales de las que actualmente tenemos”, dice Jorge Navarrete, presidente del Consejo Nacional de Televisión (CNTV).Por lo mismo, los canales vienen desde hace tiempo preparándose para el cambio. Las nuevas señales que las estaciones actuales podrán emitir no sólo presentan desafíos, desde el punto de vista de con qué contenido surtir esas señales, sino que al mismo tiempo son la respuesta a muchos de los problemas que hoy viven estos actores. Los cuatro directores ejecutivos de los canales con mayor participación de mercado –TVN, Megavisión, Chilevisión y Canal 13– conversaron con PODER y entregaron su visión sobre los cambios que ya comienzan a sacudir a su industria.



Dame un minutoLa televisión es uno de esos extraños mercados donde los productos no son pagados por sus consumidores, sino que por un tercero. En este caso, los anunciantes. Aunque creciendo, todavía las áreas de nuevos negocios tienen un peso casi irrelevante en los ingresos totales de los canales, lo que deja a la venta de espacios publicitarios como prácticamente la única fuente de recursos. Por lo mismo, y aunque parezca paradójico, que un canal experimente una sobredemanda por minutos publicitarios puede transformarse en un problema. Por muy apetecido que sea un programa de alto rating por los anunciantes, las áreas comerciales de los canales tendrán siempre un stock limitado para vender. Si abusan y recargan un espacio exitoso con demasiados cortes publicitarios –o pocos, pero muy largos–, ahuyentarán a los televidentes y el interés por el programa decaerá.

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viernes, marzo 28, 2008

El estado de los medios 2008


Los resultados que muestra la nueva versión del The State of The News Media, realizado por el Pew Institute, son notables. Después de 15 años desde la aparición de Netscape y el nacimiento del periodismo digital, lo medios han comenzado a sacar conclusiones con tinte de paradigma. Las pesadillas para los medios tradicionales, pero curiosamente no por la tan anunciada falta de audiencia, sino por la fuga de la publicidad. Pero hay otros datos claves para entender este proceso que aún suena esquizofrénico. A pesar del aumento de las plataformas y la fragmentación de las audiencias, los tópicos no ha evolucionado de igual manera. Peor aún. Son los webiste de noticias los que muestran menos flexibilidad que los diarios o la TV para ampliar su espectro. Los productos periodísticos ya no se pueden pensar como un producto terminado, la dinámica los obliga a pensar en "continuo", un camino sin final aparente. Contar historias y poner una agenda hoy es insuficiente. Esto ha llevado a que los medios busquen información más allá de sus organizaciones. Hoy 11 de los principales diarios estadounidenses entregan contenidos no propios. Un año atrás era sólo uno. Así se explica también que 13% del tráfico total de los 10 principales diarios de EE.UU. proviene de las visitas a los blogs del propio periódico. En realidad, es mejor el informe, indispensable para los que están mirando de cerca los medios, a las audiencias y los contenidos.

The state of the American news media in 2008 is more troubled than a year ago.
And the problems, increasingly, appear to be different than many experts have predicted.
Critics have tended to see technology democratizing the media and traditional journalism in decline. Audiences, they say, are fragmenting across new information sources, breaking the grip of media elites. Some people even advocate the notion of "The Long Tail," the idea that, with the Web’s infinite potential for depth, millions of niche markets could be bigger than the old mass market dominated by large companies and producers.

The reality, increasingly, appears more complex. Looking closely, a clear case for democratization is harder to make. Even with so many new sources, more people now consume what old-media newsrooms produce, particularly from print, than before. Online, for instance, the top 10 news Web sites, drawing mostly from old brands, are more of an oligarchy, commanding a larger share of audience than they did in the legacy media. The verdict on citizen media for now suggests limitations. And research shows blogs and public affairs Web sites attract a smaller audience than expected and are produced by people with even more elite backgrounds than journalists.

Certainly consumers have different expectations of the press and want a changed product.
But more and more it appears that the biggest problem facing traditional media has less to do with where people get information than how to pay for it — the emerging reality that advertising isn’t migrating online with the consumer. The crisis in journalism, in other words, may not strictly be loss of audience. It may, more fundamentally, be the decoupling of news and advertising.

This more nuanced recognition is also putting into clearer relief what news people see as their basic challenge: somehow they must reinvent their profession and their business model at the same time they are cutting back on their reporting and resources. "It’s like changing the oil in
your car while you’re driving down the freeway," said Howard Weaver, the chief news executive of the McClatchy Company.

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martes, agosto 07, 2007

La TV y la cultura por Valerio Fuenzalida


Una de las principales conclusiones del Congreso sobre Televisión Cultural realizado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano y la Escuela de Periodismo de la UDP, fue que las discusiones sobre la TV Digital recién comienzas, sus alcances no están claros y es un problema regional. Evidentemente este análisis parte de la base que quizás el fin de lo analógico, signifique el fin de la supremacía de la entretención por sobre la cultura, o de las dictaduras del rating y todos sus "maleficios". Sin embargo, lo más interesante del Congreso que organizó la FNPI es que no se discutió sobre la base de dogmas: es decir, el desafío para el mundo cultural es tan poderoso como el que le espera a los medios en general. Simplemente se habló de posibilidades, de los caminos que abre una nueva televisión, con más señales, para las minorías que buscan otros activos en la pantalla. En el siguiente texto, el investigador Valerio Fuenzalida desglosa la actual situación de la "cultura" en la televisión: lo que vemos, lo que dejamos de ver y lo que veríamos con un poco de esfuerzo.


Por Valerio Fuenzalida
Quiero comenzar con una nota previa: en noviembre del 2005, el Ministerio chileno de la Cultura realizó un Seminario internacional que luego se ha publicado en un libro bajo el nombre de Cultura y Televisión. Arte, Identidad, y Mercado: una relación posible. Editorial LOM. Santiago. 2007.
En mi presentación en ese evento destaqué dos hechos, que deseo recordar como contexto necesario. Primero, la TV en general ha introducido un cambio en el concepto de cultura heredado de la Ilustración. Hice notar que la TV recibida en el Hogar tiene un fuerte impacto cultural en lo que se llama la Cultura de la Vida Cotidiana: esto es, la revalorización del espacio-tiempo privado en el hogar y el reaprecio de la calidad de esa vida cotidiana.
La investigación de la recepción televisiva muestra que, como consecuencia de lo anterior, las expectativas formativas y educativas de las audiencias a ser satisfechas por la TV abierta, tienen que ver no tanto con la escuela y la alta cultura ilustrada sino con mejorar la calidad de vida cotidiana. Esta expectativa es muy intensa en la mayoría de la empobrecida audiencia latinoamericana.
Como respuesta a ese reaprecio por la calidad de vida en el hogar, en TV cable aparecen canales llamados de “estilos de vida”, como People+Arts, Gourmet, Discovery Home & Helth, Utilísima, Food & Wine, y muchos otros.

Quienes disfrutamos de la alta cultura ilustrada debemos ser sensibles a la legítima ampliación del concepto del cultura.

En segundo lugar, es necesario investigar el tema de TV y economía de la cultura. La relación TV y Cultura no solo ocurre porque las obras y actores culturales aparecen en la pantalla, sino también ocurre porque la industria televisiva proporciona recursos a los creadores; recursos que pueden, en parte, ser reinvertidos según sus propios intereses culturales.

Yo he formulado la hipótesis estimativa que los actores santiaguinos de Teatro en conjunto reciben entre 5-10 millones de dólares anuales traspasados como honorarios desde la TV. Me consta que algunos de esos actores dedican parte de esos ingresos al montaje y experimentación con obras de teatro en salas. Mi hipótesis es que está ocurriendo un traspaso económico muy invisible y no cuantificado, el cual estaría también contribuyendo a sustentar el amplio florecimiento del teatro de salas en Santiago. Si se verificaran estos datos aparecerían inéditos y valiosos circuitos virtuosos de apoyo desde la industria cultural de la TV hacia el Teatro y otras áreas culturales.

Dejo señalada esta advertencia contextual y abordo los bienes de la Alta Cultura y la TV, que me parece es nuestro tema

1. Cuatro géneros culturales aparecen en la TV abierta chilena

Una mirada breve a los programas culturales que aparecen más constantemente en la TV chilena muestra que ellos se pueden agrupar en cuatro grandes géneros.

a) Aparece una preeminencia de la cartelera cultural: en los noticiarios, y en algunos magazines de compañía, especialmente por las mañanas. Es la cartelera que anuncia a la audiencia la actualidad de los espectáculos por aparecer.

b) También existe un segundo grupo de programas especializados, habitualmente en géneros como Magazines culturales de actualidad, y algunos segmentados en diferentes áreas – literatura, plástica, artes visuales, etc. En este seminario ya se ha mencionado algunos de ellos, como “El Show de los libros”, “La belleza de pensar”, “Bellavista 0990, “Cine Video”, “Coyote”, “La Hora 25”, y otros.

c) En tercer lugar hay algunos espacios en el género de documentales. Entre ellos, “La Cultura Entretenida” en TVN, probablemente el espacio más prolongado en el tiempo; pero también el espacio “Fragmentos” con realizadores chilenos de documentales; y algunos documentales o reportajes antropológicos, que han tenido larga presencia en pantallas chilenas: “Tierra Adentro”, “Frutos del país, “Flor de país”.

d) Finalmente, en tanto géneros hay que mencionar las recientes series históricas: “Héroes” en canal 13, y miniseries como “Epopeya” en TVN.

2. Carencias en Chile de tres géneros

Es también posible constatar la ausencia de algunos géneros programados de modo habitual

a) Espectáculos y eventos culturales emitidos en vivo. Quiero solo mencionar esta ausencia, que se ha ido acentuando a partir de la década de los ’90. Y también solo quiero anotar que existe mucha discusión acerca de lo semióticamente apropiado de transmitir estos géneros; como conciertos de música docta en vivo – dado que por su visualidad abstracta (emitida originalmente a grupos en salas especialmente acondicionadas a la recepción presencial) es muy complejo de ser comunicada electrónicamente y sin contacto psico-físico directo. También se discute que el Teatro dramático se comunica muy deficientemente por TV, ya que su intensidad requiere presencia del público; de ahí la preferencia de la TV por la comedia. La TV – especialmente el cable - transmite algo más de espectáculos en las artes de ópera y ballet, cuya mayor riqueza visual y dinamismo se adapta mejor a la TV.

b) otro género de gran carencia en la TV chilena está constituido por biografías de creadores e intérpretes, especialmente de artistas chilenos, sean documentales o biografías ficcionalizadas; en el cable encontramos este género en programas como “Artistas Plásticos” (pintura y escultura); “Grandes escritores”, ambos en Film & Arts, y dedicado a grandes artistas, en particular de países europeos.

c) en tercer lugar quiero destacar la carencia del género de documentales culturales en profundidad, que exploran una obra o un artista en profundidad y con diferentes perspectivas de interpretación estética; programas como “La Vida privada de las obras famosas” (BBC); “El poder el Arte”, ambos también en Film & Arts

3. La mayor presencia de estos nuevos géneros requieren de nuevas condiciones en producción y emisión

La mayor presencia de estos géneros, especialmente de los dos últimos, requiere de importantes cambios en las condiciones de producción y emisión.

3.1. Condiciones de producción

La mayor presencia de estos géneros demanda nuevas exigencias para su producción.

Estos nuevos géneros requieren alta capacidad de producción ejecutivo-artística; involucra la capacidad de coordinar ejecutivamente a Museos y Fundaciones, Galerías de Arte, en asociación con canales de TV.

A menudo tras estos programas se requiere una vigorosa personalidad convocante, a nivel ejecutivo y a veces como presentador en pantalla; en este encuentro, ya se ha mencionado a nuestros Cristian Warnken, Antonio Skármeta, Augusto Góngora.

Estos géneros implican nuevas formas de circulación para creaciones de la industria televisiva: DVD, libros, revistas, venta de reproducciones, etc.

Finalmente menciono la capacidad de convocar conocimientos altamente especializados – (con la duda si los hay disponibles); con variedad de puntos de vistas; estos géneros son altamente demandantes en madurez estética, y nuestro pequeño mundo artístico cultural todavía no logra superar tanto la “beatería” biográfica como la envidia entre creadores.

3.2. Condiciones de emisión: canales segmentados de emisión

Por su público segmentado, los nuevos géneros de programas culturales aparecen emitidos habitualmente por la TV cable; y ahí, exitosa o precariamente, están ARTV y Canal 13 cable, de productoras chilenas; y Film & Arts, de Pramer en Argentina.

Es interesante destacar que gran parte de los géneros programados regularmente provienen de dos grandes agencias distribuidoras internacionales: la BBC y la alemana Transtel. La creación iberoamericana no logra ser distribuida, y brilla por su ausencia.

Si no hay un cambio profundo en la emisión televisiva, veo muy difícil un enriquecimiento sustantivo de la oferta cultural. Los nuevos géneros no aparecerán en pantalla por deseos o por voluntarismo.

La TV digital ofrece una oportunidad: pienso que TVN – la estación pública chilena - debería operar en régimen de canal multioperador y ofrecer una señal pública cultural con tecnología digital terrestre abierta y nacional.

Si no hay un cambio hacia una oferta especializada con una señal segmentada en TV digital, la presencia cultural en TV seguirá poca, concentrada en algunos géneros, y con ausencia de otros importantes géneros culturales.

La emisión segmentada genera demanda por producción de nuevos géneros culturales, y esa oferta genera públicos fidelizados.

Esta aspiración por un canal digital, especializado en contenidos culturales en TVN, me gustaría verla encabezada por nuestro Ministerio de Cultura.

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martes, julio 17, 2007

Los modelos de Disney

Como muchas compañías ligadas a la entretención y generación de contenidos, Disney está planteando su modelo de negocio sobre los siguientes pilares: la creación de contenido con un relativo bajo costo y la expansión de franquicias a la mayor cantidad de plataformas posibles, especialmente la telefonía móvil e Internet. El papá de Disney (Walt) quebró dos compañías antes de dar con el perfil correcto y el equipo correcto, pero siempre tuvo claro que la entretención era la apuesta final. Algo que no han olvidado sus sucesores. La diversificación de las plataformas y el uso de contenido (incluso el ligado a la entretención) es muy importante a la hora de definir el perfil de los periodistas de los próximos años (¿futuro?) y de ajustar o soltar la chaqueta de su formación profesional. Disney fue el primero en poner contenidos de sus programas en Itunes y ahora lo hace en teléfonos móviles alrededor del mundo. Todos sus segmentos de negocios (salvo los parques) apuntan a la convergencia y a la diversificación digital. Es interesante ver cómo han armado el modelo de negocios -más allá de su relación con Apple- siempre teniendo en cuenta que el contenido debe ser premium. Este artículo lo publicó Qué Pasa el fin de semana.

Por Chuck Salter
http://www.quepasa.cl/medio/articulo/
Albert Cheng, vicepresidente ejecutivo de medios digitales en Disney-ABC Television Group, está exponiendo la última creación de su equipo. ¿Quizás un anticipo on line del final de Lost? ¿Escenas inéditas de Desperate Housewives en el teléfono celular? No, se trata de algo aún más revelador: el wiki, esto es, un sitio creado de forma colaborativa por el personal de la empresa.
"No estoy seguro de que puedas escribir de esto", me dice. "No estoy bromeando". Con una sonrisa traviesa, Cheng, de 36 años, resume el wiki tour en el computador de su oficina, en Burbank, California, el corazón de "Tevelandia".

Su equipo no le pidió permiso a nadie para crear este sitio web interno, con los perfiles del personal y una sección llamada "Cosas cool que hicimos este año". Simplemente lo hicieron. Y la verdad es que Cheng está orgulloso de ello. El proyecto encarna todo lo que han sido sus 20 meses a cargo del departamento de medios digitales: velocidad, colaboración e iniciativa. "Nos veo como una empresa de Silicon Valley que está recién comenzando a funcionar al interior de una gran compañía", explica.

Se trata de una compañía muy grande y más que establecida. Walt Disney Co. tiene más de 133.000 empleados alrededor del mundo y una tradición de 84 años. Y tiene reglas. Pero como la tecnología digital está cambiando las maneras, alguna vez intocables, con que los gigantes mediales creaban, distribuían y profitaban con sus contenidos, Disney necesita personas que rompan algunas normas y le inspiren nuevos caminos hacia el futuro.

Cheng recorre algunos de los perfiles: Bernie, de ABC News, usa una peluca púrpura; Darcy, una diseñadora senior en abc.com, posteó una caricatura de sí misma, retratándose como un personaje de la serie South Park; David, uno de los gurús tecnológicos, lleva un monóculo hecho con cable de computador y su perfil consiste en una sola línea: "A Dave no le gusta hablar de sí mismo". Cheng admite que su página es "bastante corporativa". Se ve un retrato formal, una foto de su esposa y su perro, algunos datos personales ("nacido y criado en Hawai? Equipo favorito: 49ers? Qué hago en mi tiempo libre: me conecto a mi BlackBerry"). También hay una declaración de misión: "Los medios digitales serán los líderes globales en la creación, entrega y distribución de experiencias atractivas de entretenimiento, noticias e información".

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martes, julio 03, 2007

TV y Poder


A pesar que la televisión ha visto disminuir su audiencia en la última década (a nivel mundial) es un hecho que sigue siendo el medio más interesante para quienes buscan acercarse al poder y para los que pretende que éstos no lo logren. La disputa por el directorio de TVN, la atención que hoy genera Chilevisión y su vínculo con Piñera, la jugada de Murdoch con el WSJ para crear una estación especializada en economía, la decapitación de RTVC en Venezuela y el montón de "interesados" que corren tras la licitación de señales de TV muestran que la discusión sobre su influencia y lo que se espera de ella aún está en una etapa embrionaria. El siguiente es un texto del New Yorker sobre la "la edad de oro" de la TV estadounidense. Una década en que la conciencia sobre el poder de la TV y de las audiencias se hizo manifiesta. Y también sobre la ética que debía soportarla, pero que el tiempo ha convertido en un concepto permeado y estrechamente vinculado con el pensamiento del dueño de la estación televisiva.

Por Nicholas Lemann
http://www.newyorker.com/arts/critics/books/2007/04/30/
Television swept across American society as rapidly as the Internet is sweeping across it now—and with even greater immediate effects. At the midpoint of the twentieth century, radio was the dominant broadcast medium, newspapers were the dominant news medium, and movies were the most popular form of visual entertainment. Within ten years, television had taken over. Vast wasteland though it may have been (Newton Minow, the chairman of the Federal Communications Commission, called it that in 1961), television had become the basic forum of American culture.

So it’s easy to forget that everything about it was once up for grabs. There was a lot of earnest debate about what form it ought to take, and people in the business stumbled around trying to figure out how to make money at it. In “Same Time, Same Station: Creating American Television, 1948-1961”, James L. Baughman performs the basic historian’s function of taking a story whose conclusion we all know and showing that it didn’t necessarily have to turn out that way. By the end of the period he covers, there were three national broadcast networks—ABC, CBS, and NBC—with the same basic regimen: news in the early morning and early evening, soap operas in the afternoon, situation comedies and dramas during prime time, and talk late at night. It was the known world. In the beginning, though, things were unrecognizably different.

In the early fifties, very few people had sets, most of those who did lived in big cities on the coasts, and most programming was live. There was hardly any news; the appeal of sports broadcasts was not fully apparent, so Sunday afternoons were a dead zone filled with public-service programming. Shows were usually sponsored by a single advertiser, who exercised a high degree of control over the content. Programming was a seller’s market: nobody who was anybody wanted to be a television star. (That was why television’s earliest star was the washed-up Milton Berle, and why several of his immediate successors—Lucille Ball, Ed Sullivan, Jackie Gleason, Arthur Godfrey—couldn’t get arrested in Hollywood, either.) The most powerful person in the business, David Sarnoff, of NBC, thought of himself as an engineering whiz and electronics tycoon, and believed that the main economic purpose of his network was to generate demand for the television sets he manufactured.

The period that Baughman covers is the “golden age of television”—the much mourned era of dramas by Paddy Chayefsky and documentaries by Edward R. Murrow. Baughman, a professor at the University of Wisconsin, means to demythologize it. Television is the way it is, he seems to be saying, not because vulgar or greedy people got their hands on it but because of the tastes of a mass audience.

At the center of Baughman’s account is Sylvester (Pat) Weaver, who was the president of NBC in the mid-nineteen-fifties. “Weaver is the historian’s tempter,” Baughman writes, meaning that Weaver, a wellborn former advertising executive, set himself up as the good guy in the battles over the new medium. He wrote wonderful memos, as well as an autobiography that he published in old age. It isn’t just his prose that is seductive; it’s the side he took. Weaver said he wanted television to “make us all into intellectuals,” and had nothing but scorn for programming about what he called “Life in America in Its Comedy Aspects.” Instead, he went for lengthy live variety shows that he called “spectaculars,” with respectable stars and interludes of middlebrow drama, orchestral performances, opera, Shakespeare. (Weaver also created “Today,” which, after “Meet the Press,” is the longest-running show on television.) He wanted television to be more like theatre than radio or the movies. It would emanate from New York, its bond with viewers would come from special events rather than from continuity and familiarity, and its audience would have the thrill of knowing that what it was watching was taking place on a set at that exact moment

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viernes, junio 22, 2007

El Periodismo de Jon Stewart


Tal como muchas de las ramificaciones y plataformas tadicionales del periodismo hoy están en revisión (algunas incluso en tela de juicio, como la manera de medir los cánones éticos), el concepto de noticia y la forma en que esta se expresa también. El mejor ejemplo es The Daily Show. El programa de TV de Jon Stewart que hace de las noticias una comedia, que recurre a la ironía para analizar la actualidad y que en el fondo destruye por completo el concepto de objetividad. Si es que ya no estaba, al menos, herido de gravedad. La discusión no es simple, pero el Stewart del rating ha pasado a ser parte del análisis universitario y de instituciones que siguen de cerca como la profesión muta y pierde, en parte, sus pilares fundamentales. The Daily Show no sólo satiriza la política y los medios de comunicación, además deja en evidencia una agenda pública muy importante y atractiva, pero que queda fuera de los medios tradicionales. En ese sentido la discusión se abre aún más. Es complejo presentar a Stewart como un referente del periodismo que deseamos, pero sería un error mayor no mirarlo de cerca. ¿Es el programa de Stewart un referente para los nuevos medios? Probablemente nos gustaría decir que no, pero lo más probable que las audiencias digan lo contrario.
When Hub Brown's students first told him they loved "The Daily Show with Jon Stewart" and sometimes even relied on it for news, he was, as any responsible journalism professor would be, appalled. Now he's a "Daily Show" convert.

"There are days when I watch 'The Daily Show,' and I kind of chuckle. There are days when I laugh out loud. There are days when I stand up and point to the TV and say, 'You're damn right!'" says Brown, chair of the communications department at Syracuse University's S.I. Newhouse School of Public Communications and an associate professor of broadcast journalism.
Brown, who had dismissed the faux news show as silly riffing, got hooked during the early days of the war in Iraq, when he felt most of the mainstream media were swallowing the administration's spin rather than challenging it. Not "The Daily Show," which had no qualms about second-guessing the nation's leaders. "The stock-in-trade of 'The Daily Show' is hypocrisy, exposing hypocrisy. And nobody else has the guts to do it," Brown says. "They really know how to crystallize an issue on all sides, see the silliness everywhere."

Whether lampooning President Bush's disastrous Iraq policies or mocking "real" reporters for their credulity, Stewart and his team often seem to steer closer to the truth than traditional journalists. The "Daily Show" satirizes spin, punctures pretense and belittles bombast. When a video clip reveals a politician's backpedaling, verbal contortions or mindless prattle, Stewart can state the obvious--ridiculing such blather as it deserves to be ridiculed--or remain silent but speak volumes merely by arching an eyebrow.

Stewart and his fake correspondents are freed from the media's preoccupation with balance, the fixation with fairness. They have no obligation to deliver the day's most important news, if that news is too depressing, too complicated or too boring. Their sole allegiance is to comedy.

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martes, marzo 20, 2007

Periodismo vs. TV


Según el reporte que hace todos los años el Pew Project on Excellence in the Media, el consumo de noticias a través de la televisión volvió a sufrir una caída en todos sus horarios. A pesar que los avisadores no han huido con las audiencias, la mayor parte de las estaciones de televisión están siguiendo de cerca el comportamiento de sus telespectadores. En Chile el 63% de las personas asegura ver televisión y ocupa, en promedio, tres horas diarias frente a la pantalla. Los programas periodísticos se han visto beneficiados con esta tendencia con un crecimiento de un 88% en la última década. No es fácil entender la pasión que muchas autoridades ponen en aparecer (o desaparecer) de la agenda de los canales de TV. La televisón ha mostrado una flexibilidad mayor que otros medios para adaptarse a sus consumidores, sin embargo es discutible si la calidad de los contenidos periodísticos lo ha hecho de la misma manera. Probablemente la TV digital mejore este ítem y agregue a la masividad mejores productos. Este estudio fue realizado por Conecta Media Research y es parte del libro La Función Política de la Televisión, un esfuerzo de la Secretaria de Comunicaciones, paradójicamente la semana de la (auto) censura de TVN.

Por Juan Jimenez, Luis Argandoña y Ricardo Torres

Entre los aspectos que tradicionalmente se asumen como necesarios para el desarrollo de un sistema democrático sólido y una vida pública activa, la existencia de una ciudadanía informada ocupa un lugar central. Vinculado a esto, y reconocida la importancia de la televisión como medio de comunicación, una de las funciones principales que se le ha asignado es la de informar.

Es por ello que la pregunta sobre la presencia de los contenidos informativos en la televisión cuánta y qué tipo de información se ofrece y cómo se informan las audiencias a través de ésta adquiere especial interés.

Ahora, no es solo la información per se la que nos interesa en términos generales sino la que produce una conexión con lo público. Esto es, aquella que resulta necesaria para que la mayoría de los ciudadanos comparta una orientación común básica hacia el mundo público donde los temas de preocupación colectiva se desarrollan. En este sentido, hay que considerar que no todo lo que se ofrece en televisión cumple con esos requisitos, y habrá que tomar lo anterior en cuenta a la hora de analizar y ponderar los resultados.

El análisis de la relación entre contenidos informativos y televisión no puede ser estático, es decir, reducirse simplemente a mostrar el estado de la situación en el presente. Esto porque el escenario medial ha cambiado y está cambiando profundamente en nuestro país. Pensemos por un momento en las dramáticas transformaciones en la oferta de prensa escrita diarios gratuitos y nuevos semanarios aumento generalizado de la oferta de consumo cultural cine, teatro etc., entre otras importantes transformaciones. “Los datos confirman la fuerte penetración de las NTIC en la vida de los chilenos: entre 1989 y 2004, el porcentaje de hogares con teléfono fijo creció del 15% al 55%, los celulares aumentaron de 5 mil a casi 9 millones, el stok de computadores se multiplicó 27 veces y, en el caso de Internet, que no existía en 1989, los usuarios se incrementaron de 250 mil en 1997 a casi 4,8 millones a fines de 2004”.

Aunque el dato es solamente anecdótico, también podemos constatar que actualmente Chile dispone de varios diarios que ofrecen íntegramente su edición de forma gratuita por Internet. Hace diez años no existía ninguno. Este último ejemplo nos ilustra además del desarrollo de procesos de convergencia medial, en el cual los diversos medios empiezan a unificarse o a diversificar sus plataformas.

Inmensa en estos cambios, la televisión se ha enfrentado en los últimos diez años a un nuevo contexto que la desafía, particularmente en su capacidad de mantener su importancia como uno de los principales proveedores de contenidos informativos. Así, lo que nos interesa indagar es cuál ha sido su evolución en un mundo que ha cambiado profundamente.

Un análisis de la información de actualidad en televisión no puede acortarse exclusivamente a un análisis de programas sino también debe contemplar los contenidos. Muchas veces el material informativo supera a los programas y aparece en otros contextos. A su vez, programas clásicamente informativos pueden incluir información que no tiene carácter de conexión con lo público, en el sentido antes mencionado. Es por ello que un análisis de los programas informativos debe complementarse con un acercamiento a los contenidos específicos al interior de los programas, que permita una visión completa de la situación de la información en televisión.

De este modo, nuestro análisis dará cuenta de ambos requerimientos: la mirada temporal de largo plazo y el foco en los contenidos específicos al interior de los programas. Primero analizaremos la oferta y consumo de programas de información en televisión abierta en los últimos diez años. Luego completaremos lo anterior con un análisis de contenidos informativos en un contexto determinado -durante los programas de entretención de la mañana. Se ha elegido el contendio informativo en la mañana debido a que es un espacio en el que, como se verá, los contenidos informativos tienen una presencia relevante, y en el que además reciben un tratamiento distinto al de los espacios informativos clásicos. En ese sentido, representan un buen lugar para examinar la oferta y consumo de ellos más allá de los programas del género

Observando los datos desde estas dos perspectivas podemos apreciar el real impacto que tiene la televisión como fuente de informaciòn, y en particular en su aporte a la conexión de las audiencias con el mundo público.


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martes, marzo 13, 2007

¿Calidad de TV?


Hace algunos años Eugenio Tironi dijo que pedirle cultura a la TV era lo mismo que exigir que en una micro (no existía el Transantiago en esa época) el conductor pusiera a Mozart como música de fondo. Después de la pueblerina censura que ejerció el directorio de TVN sobre el programa Epopeya, uno debiera preguntarse muchas cosas sobre la calidad, coherencia e independencia de la televisión chilena. Que haya o no cultura, ya parece un tema de sobremesa. Se siente que el rol del periodismo en TV es precario, luce como una diminuto acompañamiento de la "entretención". Las noticias son previsibles, la creatividad está sujeta a la "adaptación" y la investigación periodística carece de temas nuevos o de mayor relevancia. Por no decir mayor estatus. Esta es una charla que dio Eliana Rozas, la directora ejecutiva de Canal 13, en la Universidad de los Andes y que puede dar ciertas luces sobre la mirada que tiene una de las principales estaciones del país acerca de su propio desarrollo.

Por Eliana Rozas
Sin ánimo de poner pies en polvorosa antes de iniciar la reflexión ni en el afán de ocultar mis incompetencias, quisiera advertir que este es, para la propia televisión, un tema particularmente difícil abordar. Difícil, en primer lugar, porque son muchos lo que menosprecian los espacios y los formatos asociados a aquello que genéricamente llamamos entretención, en lo que, para efectos de esta ocasión, voy a incluir lo que denominamos ficción.

Incluso no son pocos lo que, dentro de los propios medios, entienden que “el corazón” de un canal de la televisión aquello, donde privativamente se juega su línea editorial, son los noticieros y los reportajes.
En los próximos minutos quisiera poder barruntar algunas hipótesis acerca de por qué ocurre este fenómeno y cuál pienso yo que son las justificaciones del estatus fuertemente editorial de la entretención. Con ello, paso quisiera reivindicar para la televisión la definición de los estándares de calidad de los espacios de entretención que difunde. Y no sólo de los de entretención, se entiende. Un medio no es un tubo por el cual discurren contenidos aleatoriamente concebidos, ni por el cual deben transmitirse contenidos definidos por un tercero. Un medio habla desde su identidad y ese debe ser, probablemente, su mayor aporte a la sociedad.
¿Cómo fundar el estatus editorial de la entretención?
En primer lugar, desde luego, por el nivel de consumo. Las cifras muestran que los chilenos consumimos un promedio de 3,1 horas televisión, conforme al estudio del uso del tiempo. Si a eso se agrega que habitualmente las preferencias de consumo están asociadas justamente a los espacios de entretención, en particular de determinados horarios, es evidente que ella es un instrumento privilegiado de comunicación de identidad con la audiencia.
Pero el centro de la fundamentación no está puesto en la cantidad del consumo, sino en la naturaleza de la comunicación televisiva, que se basa en la imagen.
La imagen, en primer lugar, es diferente de la lengua, porque opera en términos analógicos, mientras que la palabra vincula arbitrariamente un significado con un significante. La palabra designa por convención, en tanto que la imagen designa por semejanza. La imagen es una réplica. Como tan bien dicen Missika y Wolton, la imagen es una copia, desde un punto de vista objetivo. Desde un punto de vista subjetivo, en cambio, es una elección.

Eso es así para cualquier tipo de contenido televisivo, para las noticias, el reality show, la telenovela, el concurso, el talk show. No obstante, cuando se trata de contenidos de entretención, sean de ficción o no, hay una segunda elección. No sólo es necesario plantearse qué imagen copiar (eso también se lo pregunta un noticiario), sino qué imagen crear para posibilitar la copia. En rigor, cuando se trata de la entretención la copia y lo copiado son materia de decisión. De una decisión editorial; de una decisión de identidad.
Cuando hablamos de entretención hay una determinada opción de expresión que impulsa una creación; en el caso del periodismo hay una realidad que impulsa una expresión. El mundo de la entretención es, pues, el de la autonomía total, el de la imagen imaginada; el mundo donde la pregunta editorial, la pregunta acerca de la identidad, excede la copia y se adentra en la creación que será copiada.

Más allá de la naturaleza de la imagen, hay otros ámbitos en que las tradicionales certezas acerca de las diferencias entre los espacios periodísticos y los de entretención están trizándose. Justamente en esta trizadura hay una nueva justificación de la relevancia editorial de la entretención.

Tradicionalmente, los medios de comunicación se han constituido sobre la base de los ejes:
El eje de lo racional-público, que surge a partir de lo que tiene consecuencia social, que se ha expresado fundamentalmente a través del periodismo; y el eje de lo emocional-privado, que se constituye sobre la base de lo que es cercano, en términos de las personas que forman la audiencia, el cual se manifiesta en los contenidos vinculados al esparcimiento, la entretención y la publicidad.

La actividad de los medios ha operado en estos términos y la reflexión acerca de ellos, también. Este último punto, el de la reflexión, merece todavía un matiz. La capacidad reflexiva acerca de los medios ha estado, sobre todo, centrada en el primer eje, precisamente porque es el que se constituye sobre la base de la racionalidad y el que “merece” reflexión. En cambio, tenemos muy poca reflexión sistemática y profunda sobre el segundo eje.

Tal capacidad de diálogo con lo racional, con la representación de lo real, no ha tenido correlato en el mundo de la creación que, no obstante, es particularmente influyente desde la perspectiva valórica, económica y estética.

De algún modo, lo que he llamado el eje emocional privado se ha constituido no a partir de la reflexión, sino a partir de la oposición con el racional-público. Es un territorio que se constituye como “lo otro”; un lo otro, de más está decirlo, de contornos algo imprecisos. En parte importante, esta falta de reflexión ha hecho que el fenómeno al que quisiera referirme nos haya tomado bastante por sorpresa y que hoy día caminemos por unos territorios menos seguros que los de antaño en materia de definiciones.
Creo que hoy día estamos en una situación en donde estos dos ejes que he descrito han empezado a desdibujarse y estas vinculaciones racional-público y emocional-privado merecen matices.
El ámbito de lo racional-público, que se constituye sobre la base de la consecuencia social empieza a ser sumamente discutible como paradigma de la comprensión de los medios, toda vez que en nuestra sociedad multifuncional coexisten diversos mundos, ghettos, en el decir de Castells, lo cual en un diagnóstico sumamente compartido exarcerba el individualismo. En una sociedad, acéntrica, que coordina sus operaciones sobre la base de información que es codificada de distinta manera, según los códigos propios de cada subsistema social, en la idea de Luhman, se hace harto más complejo hablar de un eje de estas características. Un eje racional, y sobre todo público, que convive difícilmente con el individualismo.

Revisemos lo que ha acontecido con el eje lo emocional-privado.
Allí ha ocurrido que la escala masiva del consumo ha roto la condición privada de este. La envergadura del consumo, que conste que utilizo esta palabra, con toda la carga privada que ella tiene, ha hecho que él mismo y sus contenidos adquieran caracteres públicos. Eso es evidente en lo que ha ocurrido hoy día con lo que llamamos “periodismo de farándula” y que, en términos tradicionales, dudaríamos en calificar de periodismo, justamente por su prescindencia de lo público y de la consecuencia. De hecho, en esa prensa, la concepción de lo popular se ha desplazado desde lo marginal, el delito, un tema eminentemente público, hacia lo aspiracional y las privacidades del espectáculo, algo eminentemente privado.

Se trata de un periodismo que evita representar la consecuencia, que se funda en el consumo privado, que no informa acerca de lo público, peor, que tiene enormes consecuencias sociales. El impacto social que tiene, por las dimensiones de consumo, lo ha puesto en la plaza pública.

Esta ruptura en la construcción de estos ejes se ha manifestado también en uno de los más importantes, pero menos considerados ámbitos del fenómeno de la comunicación social: la publicidad.
Permítame hacer una pequeña digresión que puede ser ilustrativa. A su tradicional actividad desarrollada para convencernos del consumo de un producto, la publicidad ha agregado la de construir objetos de admiración, de legitimidad, de amor: No se explica de otro modo que empresas proveedoras de servicios básicos centren sus mensajes en su manejo del medio ambiente, o que bancos y supermercados expongan las imágenes de sus ejecutivos en campañas de beneficencia. Hoy día una parte importante del valor de una empresa es su marca, en la cual se han hecho enormes inversiones. Este nuevo modo de comunicación demanda una nueva manera de relacionarse con la publicidad, que supone no sólo la interpelación acerca del producto o del servicio, sino también acerca de la inserción de la correspondiente empresa en la sociedad.

Así, pues, la masividad del consumo publicitario, y desde luego su ubicuidad, han hecho que este aspecto de la comunicación pierda su carácter exclusivamente privatista, que se funda en la comunicación de un ente privado (la empresa) con una persona privada (el consumidor).

Un fenómeno similar ocurre con los espacios televisivos de entretención. La envergadura del consumo los ha vuelto un tema particular de lo público. De lo contrario, no se explica, por ejemplo, que la mayor parte de las cartas que se envían a los diarios acerca de los programas de televisión aludan, precisamente, a los programas de entretención y que la prensa publique muchos más centímetros acerca de este tipo de contenidos que estamos, pues, como decíamos antes, frente a un tipo de programación en donde, como en ningún otro caso, son convocados la imaginación, los sueños, las aspiraciones, la vocación de un canal. Y frente a un tipo de contenidos que, al mismo tiempo, interpela a tal cantidad de audiencia, que su consumo, de algún modo se desprivatizado.

¿Por qué, entonces, esta suerte de desprecio por los espacios de entretención en cuanto a su capacidad de identificar a un canal y de convocar a las audiencias?
No voy a entrar aquí en la antigua discusión acerca de la cultura de élite y la cultura popular, aunque probablemente haya allí más de alguna buena hipótesis explicativa.

Quisiera, en cambio, referirme al tiempo televisivo como una de las posibles razones del menosprecio o cuando mucho del condescendiente mohín de tolerancia que tantas veces generan estos contenidos.

La televisión, que construye su comunicación bajo la forma del espectáculo, lo ha roto, sin embargo, dos elementos de su tradición: el lugar y el tiempo de ese espectáculo, elementos vinculados a cierta sacralizad de este.

La televisión ha hecho que no sea necesario desplazarse a un sitio público para presenciar el espectáculo, como ocurría tradicionalmente, sino que este viene a introducirse a la privacidad del hogar. Noten, por ejemplo, que ello no ocurre con el cine. Uno va al cine.
Así mismo, por obra de la televisión el espectáculo ha dejado de estar separado de las actividades cotidianas, ha dejado de ser momento en que se suspende lo habitual. Más bien, la habitualidad de la vida ha quedado supeditada a los tiempos incansables de la actividad televisiva. ¿No se programa en muchas casas la hora de comida en función de la hora de término de la teleserie? Fíjese que naturalmente he usado el verbo programar. Programar la comida.

Pues bien, de todos los tiempos de la televisión no hay uno más estable que el de los noticieros. Las noticias interrumpen ese fluir constante y paradójicamente cambiante de la entretención y nos hacen comparecer para discutir temas públicos. El noticiero, pues, conserva una cierta sacralizad asociada a la estabilidad de un tiempo que interrumpe un devenir. A eso se suma que el objeto de sus narraciones es de carácter público.

Me atrevería a decir, entonces, que parte importante del estatus editorial que se les otorga a los espacios periodísticos, y particularmente a los noticieros, que desde luego tienen, se vincula con ese fenómeno que acabo de reseñar. A ello habría que agregar que es también en los noticieros y en los espacios periodísticos donde se representa la cuestión del poder y de los poderes en la sociedad y que, por lo tanto, no es de extrañar que las élites y aquellos que entienden a los medios como un poder vean allí el corazón editorial y, en cambio, muestren cierto deprecio respecto de los contenidos de entretención.

No quisiera dejar la impresión de que he venido aquí a minusvalorar el rol editorial de los contenidos informativos en la televisión. Mi propia profesión, la de periodista, se rebelaría contra una afirmación de ese tipo. Simplemente, he querido plantear que la tradicional convicción de que el corazón de un canal televisivo es el noticiario, merece a lo menos un matiz y que el rol editorial que este desempeña debe, necesariamente, convivir con aquel irreemplazable que corresponde a los espacios de entretención.

Un canal que no aborde su entretención fuertemente orientado por sus decisiones editoriales no sólo estará haciéndole una verónica a la naturaleza de las imágenes allí envueltas (las imágenes imaginadas), sino también estará cometiendo una tremenda irresponsabilidad con la audiencia.

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viernes, enero 12, 2007

El Poder y la responsabilidad


A comienzo de los sesentas la administración de John Kennedy contrató a Walter Thompson para manejar comunicacionalmente Bahía Cochinos, operación que finalmente fue un fiasco. En 2001, George Bush hijo hizo repitió la experiencia para justificar la invasión a Irak un año después. Esta vez el contrao fue con Rendon Group, pero el resultado fue el mismo: demócratas, liberales, intelectuales, reputados académicos y sensatos periodistas apoyaron lo que hoy para muchos es una locura. Los medios habían logrado armar parte de la estrategia construida desde la Casa Blanca. Esta columna del historiador británico Timothy Garton Ash, analiza el poder de los medios y la conducta de los periodistas tomando como ejemplo la filial en inglés de Al Jazeera. Quizás un tanto condescendiente considerando las críticas que ha recibido la señal qatarí, pero poniendo el acento en la responsabilidad, una palabra que a veces parece alejar a los medios de las ventas, de los ratings y mayores porcentajes de audiencias. Timothy Garton Ash es el director del centro de estudios europeos St Antony´s College Oxford, columnista de The Guardian y colaborador del New York Review Books. El texto fue publicado en Clarin.com.


Por Timothy Garton Ash
En este momento tienen ante sus ojos un arma más poderosa que la mayoría de las que posee el Ejército de Estados Unidos. Se llama periódico. Y junto a él, en el nuevo arsenal, figuran la radio, la televisión, los blogs, las difusiones por Internet y los mensajes de texto.El aumento del poder de los medios es uno de los rasgos fundamentales de nuestra época. En un repaso de su famosa Anatomía de Gran Bretaña, 40 años después de que se publicara en 1962, el periodista Anthony Sampson llegaba a la conclusión de que "ningún sector ha aumentado su poder en Gran Bretaña tan rápidamente como los medios de comunicación". Y no sólo en Gran Bretaña. En todo el mundo, gobiernos, terroristas, empresas y ONGs consideran prioritario transmitir su mensaje a través de los medios.

El 11 de setiembre de 2001, los terroristas de Al Qaeda utilizaron el poder de los medios para multiplicar de manera incalculable el efecto de su terrible acción. El 11-S sólo se convirtió en el 11-S porque la mitad de la humanidad pudo contemplar el derrumbe de las Torres Gemelas en las pantallas de sus televisores o en sus computadoras, gracias a que unos medios globalizados y presentes en distintas plataformas lo repitieron durante 24 horas al día y siete días a la semana.

Eso fue lo que creó el 11-S. Lo mismo pasó con la guerra de Irak. Muchos de los que estaban convencidos de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva lo creían sólo por las armas de engaño masivo desplegadas por los gobiernos de Washington y Londres; es decir, la transmisión o "manipulación" de informaciones distorsionadas a través de The New York Times y otros medios normalmente creíbles, que hicieron pensar a la gente que una cosa que era falsa era verdad.

El motor de este aumento del poder de los medios, como el del poder militar, son las transformaciones tecnológicas. Cuando empecé a escribir informaciones en un Berlín dividido, hace casi 30 años, tenía una pluma, un cuaderno y una máquina de escribir manual. Para enviar mi crónica tenía que ir a una oficina de télex, picar o pedir que me picaran físicamente el mensaje e introducirlo en una máquina que funcionaba a los tropezones. Las oportunidades de que hubiera retrasos, malas comunicaciones y censura local eran inmensas.Hoy, los nuevos reporteros multimedia de The Guardian o la BBC pueden enviar imágenes de video digital sin censurar y de forma casi instantánea desde las alturas del Hindu Kush prácticamente hasta nuestras pantallas, gracias a las computadoras portátiles y los teléfonos vía satélite.

Por otro lado, con esa misma facilidad pueden difundirse también noticias falsas o exageradas e imágenes alteradas digitalmente. No hay más que ver el papel de las páginas Web yihadistas en el reclutamiento de terroristas en diversos países europeos.Por eso, lo que importa más que nunca es de qué manera se emplean estas herramientas tan extraordinariamente poderosas y eso depende de los valores en los que se inspiren los periodistas que las utilizan.

En lo que respecta a los valores, la semana pasada se ha producido un acontecimiento prometedor. El miércoles 15, a mediodía, me senté a ver la primera hora de noticias del nuevo canal en inglés de Al Jazeera, que se llama así, Aljazeera English. Hace ya tiempo que, por la calidad de los periodistas que Al Jazeera ha logrado arrebatar a BBC, ITN, CNN, Sky, Reuters y otras empresas, se ve claramente que tiene intención de derrotar a los principales medios occidentales en su propio terreno. Su código ético, publicado en la página Web, está salpicado de palabras tranquilizadoras y propias de la BBC: "imparcialidad, equilibrio, independencia, credibilidad", "objetivo y exacto", diferencia entre información y opinión, etcétera. Habrá que esperar a ver los resultados. Esta primera muestra resultó positiva.

El deseo expreso de Al Jazeera de "establecer las prioridades informativas" se reflejó en la elección y ordenación de las noticias, no en que se les diera un tratamiento sesgado: primero, la franja de Gaza; segundo, Darfur; tercero, Irán; cuarto, Zimbabue. Se trata de llamar sistemáticamente nuestra atención sobre los sufrimientos y experiencias de los países en vías de desarrollo y, en especial, Oriente Medio.

El informativo cargó las tintas a propósito de los sufrimientos palestinos en la franja de Gaza, pero es cierto que hay mucho sobre lo que cargar las tintas; y, mientras tanto, la cinta de texto de la parte inferior de la pantalla contaba, para ser imparcial: "una mujer israelí muere alcanzada por un cohete palestino".En resumen, fue una de las cosas más prometedoras que han salido de Oriente Medio desde hace tiempo. Pero la prueba de fuego la constituirán las noticias que se den cuando haya, por ejemplo, disturbios en Arabia Saudí, como las informaciones diarias sobre el descontento en otros regímenes árabes.

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martes, enero 02, 2007

Los 10 años de Slate



El 24 de junio de 1996 apareció el primer número de Slate en la web y no pasó mucho tiempo para que la revista se ganara un espacio en el mundo intelectual de EE.UU. Sin un perfil político claro, pero con un interesante staff de periodistas y columnistas -Paul Krugman escribía en Slate antes de entrar al NYT- la revista debió sortear todas las barreras que la web le puso a sus primeros años de vida. Este artículo es interesante, porque narra muy irónicamente la primera década de Slate, desde sus zigzagueantes planes de negocios hasta cómo sus editores fueron armando una estructura de contenidos más arriba de la media, a pesar de vivir al borde del precipicio financiero. Al mismo tiempo, el texto es un relato de cómo los medios han debido ganarse un espacio en la red, tarea que es aún más dura cuando las pretenciones van más allá del oportunismo, la vanidad de los periodistas -el autor cataloga de oscuro junkie a Matt Drudge, de drudgereport.com-, la superficialidad de la web y la idea de ganar millones en pocos meses. Diez años después Slate no ha perdido su punzante estilo, pero ha mejorado su multimedia, suscrito acuerdos (el último fue con Magnum) y dedicado varios artículos a criticar al periodismo estadounidense (pero en serio) incluso al mayor de sus referentes: el Pulitzer.
http://www.slate.com/default.aspx?id=3944&qt=journalism


Por David Plotz
1996
It was originally going to be called Boot, in tribute to the protagonist of Evelyn Waugh's novel Scoop. Then someone informed Michael Kinsley that "boot" was slang for "vomit." So Kinsley picked Slate instead. In our inaugural issue, June 24, 1996, he wrote that the name "means nothing, or practically nothing. We chose it as an empty vessel into which we can pour meaning. We hope Slate will come to mean good original journalism in this new medium. Beyond that, who knows?"
The magazine, as we all insisted on calling it, was a fortunate product of Kinsley's curiosity, Microsoft's money, and the emerging infatuation with the Internet. Tired of playing the liberal on Crossfire and of working for unprofitable journals beholden to whimsical benefactors, Kinsley approached college acquaintance Steve Ballmer in the summer of 1995 and suggested that Microsoft publish a Webzine. An online magazine, liberated from the production and mailing costs that squeezed general-interest print titles, might actually become profitable. Ballmer and Bill Gates, newly enthralled with the Internet, quickly signed up Kinsley. On Christmas Day, 1995, he moved to Seattle (occasioning a Newsweek cover for which he posed in a rain slicker, holding a salmon) and set up shop on the Microsoft campus.
When Slate launched six months later, it was both radical and conservative. Slate intended to be skeptical about its new medium, Kinsley declared in his opening essay: "We do not start out with the smug assumption that the Internet changes the nature of human thought, or that all the restraints that society imposes on individuals in 'real life' must melt away in cyberia. There is a deadening conformity in the hipness of cyberspace culture in which we don't intend to participate. Part of our mission at Slate will be trying to bring cyberspace down to earth."
The early Slate was indeed earthbound. At first, Slate was essentially a weekly print magazine that happened to be published on the Web—more like a New Republic without the lead time than a revolution. Most articles were posted on Friday, and the site was not regularly updated during the week. (The first "issues" even had page numbers.) But we took baby steps toward Web-iness with e-mail debates and computer art exhibits. Perhaps the most important editorial accomplishment of our first six months was "The Slate 60," a roster of the year's most generous charitable donors. The ranking would become an annual tradition.
By year's end, Slate was attracting 15,000 readers a day. We had offices in Seattle, New York (home base for culture editor Judith Shulevitz and political correspondent Jacob Weisberg), and Washington (a tiny bureau run by Jodie Allen). Slate lost money, of course—our only revenues were a tiny trickle from early banner ads. One creative business scheme went memorably awry. Our first publisher struck a deal with a burgeoning coffee chain called Starbucks to sell copies of a monthly Slate compendium in its outlets around the country. It was a disaster. Store managers had no idea what to do with the magazines, which mostly piled up in their storerooms under boxes of Amaretto syrup. So much for Seattle synergy.

1997
We began the year by chickening out. Our plan had been to start charging for subscriptions to Slate in January. But our payment software was buggy, which gave us the excuse we were looking for to postpone the day of reckoning.
More notable was that Slate began to act less like a print magazine and more like a Web site. One prod for this was the death of Princess Diana in August. When the news broke, Web traffic spiked to record levels, and our competitors (notably Salon) crammed their sites with news stories, speculation, memorials, poems—anything to capture browsers. Slate chose not to interrupt one of its summer "skip weeks"—a tradition inherited from print magazines in which publications shut down and everyone goes to the beach. Diana's death finally made us understand that online journalism is by nature a round-the-clock business. Our publishing pace began to pick up—from weekly to daily to several times a day.
Another mark of our accelerating pace was the launch of "Today’s Papers," an early morning summary of the five national newspapers. Scott Shuger stayed up every night reading the papers on the Web, then posted the column by 6 a.m. and e-mailed it to tens of thousands of subscribers. (Matt Drudge, then an obscure Internet junkie, had been our first choice to write "Today's Papers," but he turned us down and suggested Scott.) Other beginnings: Herb Stein, our 80-year-old economics columnist—and the most rational man you could hope to meet—started writing an agony column called "Dear Prudence." Atul Gawande inaugurated the "Medical Examiner" column; James Surowiecki signed on as our first business writer; and Michael Lewis moved to Silicon Valley and started covering Internet-boom culture for us in a column called "Millionerds."

1998
Slate's brief, unfortunate period as a paid magazine began in February. We figured that readers accustomed to subscribing to paper magazines would readily fork over $19.95 for a year of Slate (and the premium of a Seattle-suitable Slate umbrella). Michael Kinsley gamely tried to persuade readers that paying for Slate was the right, even patriotic, thing to do: "One of Slate's main goals is to demonstrate, if we can, that the economics of cyberspace make it easier for our kind of journalism to pay for itself. Most magazines like Slate depend on someone's generosity or vanity or misplaced optimism to pay the bills. But self-supporting journalism is freer journalism," Kinsley wrote in his "Readme" column. "If the Web can make serious journalism more easily self-supporting, that is a great gift from technology to democracy."
Given how early we were in the development of the medium, signing up more than 20,000 subscribers was hardly a defeat. But do the math—it barely covered our latte bills. And authors who had been reaching a growing and enthusiastic audience suddenly found themselves performing for a tiny circle of readers. Many of us bit our tongues—or didn't—while waiting for the experiment to be pronounced a failure.
The other excitement was the Monica Lewinsky scandal—nicknamed "Flytrap" by Slate. Timothy Noah inherited "Chatterbox," a funny, idiosyncratic political column. Several authors collaborated to produce a serialized e-mail novel. Titled Reply All, it was very ambitious, and somewhat less successful. We launched "The Explainer," which became our most popular regular column. And we tweaked the corporate masters with daily coverage of the Microsoft antitrust trial. The dispatches gleefully mocked the stumbling lawyers and implausible executives sent to defend the company. (This tweaking did not seem to bother the big boss: Bill Gates wrote a weeklong "Diary" for us that spring.)

1999
Our experiment as a paid site ended abjectly on Valentine's Day, less than a year after it had begun. Wry political analysis, it turned out, was different from porn. A few would pay for it, but not enough to cover our costs. Slate's new publisher, Scott Moore, brought us a new business plan: No subscriptions = more readers. More readers = more advertisers. More advertisers = more revenue.
One of our signal achievements of 1999 wasn't recognized at the time. Slate started running Mickey Kaus' musings and linkings under the rubric "Kausfiles." There was as yet no name for what Mickey was writing—a casual, first-person, frequently updated, obsessive, link-heavy journal. Only several years later was it recognized that Mickey had been writing what was probably the first political blog. Our favorite Canadian arrived, too: Dahlia Lithwick began covering the Supreme Court, and her hilarious, eagle-eyed dispatches soon became required reading for every lawyer in Washington—and many elsewhere around the country.
Regular contributor Herb Stein died in September. And in what would become a regular pattern, the New York Times started poaching Slate writers. Paul Krugman was the first to go, lured away with an op-ed column. The Times soon nabbed Virginia Heffernan, Judith Shulevitz, and Jodi Kantor as well.

2000
The year began with a pointless, mean-spirited, and highly enjoyable spat with Salon, which had made a public stock offering and dramatically expanded its staff. Slate's rather different response to the Internet bubble involved hunkering down and controlling costs. The competition culminated with Michael Kinsley and Salon editor David Talbot slinging insults at each other. Talbot charged that Kinsley was "not the sexiest guy in the world." Kinsley responded by gleefully dissecting Salon's dismal balance sheet. Slate's traffic surged around our 2000 election coverage. We also made news by flouting two silly election-year conventions. During presidential primaries, we posted leaked exit-poll results that other publications were withholding until they were prepared to declare a winner. And just before Election Day, more than 40 Slate staffers disclosed who they were voting for and why. (Gore trounced Bush at Slate, for all the good it did him.) The eventual winner gave Slate a great present. Jacob Weisberg began tracking George W. Bush's malapropisms and publishing them as "Bushisms," which also became a series of popular books.

2001
Slate produced some of its smartest, and most moving, work in the days and months after the Sept. 11 attacks. Navy veteran Scott Shuger left "Today's Papers" to cover the war on terror full-time and handed off the feature to its current writer, Eric Umansky.
The year had its goofier side, too. As The Sopranos exploded as a cultural phenomenon, we enlisted psychiatrists and therapists to conduct a weekly dialogue about the show and Tony Soprano's therapy. Virginia Heffernan became our first regular TV critic. David Plotz's "Seed" project, an investigation into the mysterious Nobel Prize sperm bank, played with a new kind of Internet journalism—open-source, collaborative reporting. By using readers as his sources, Plotz dug out the buried history of this strange eugenic experiment in a series of stories that would lead to his 2005 book, The Genius Factory.

2002
A year of upheaval at Slate. Michael Kinsley announced he was stepping down as Slate's editor, though he would stay on as a weekly columnist. In April, chief political correspondent Jacob Weisberg succeeded Mike and shifted the base of Slate's operations from Seattle to New York. Christopher Hitchens, fresh from quitting The Nation over political differences, began writing a weekly column titled "Fighting Words." In June, Scott Shuger died in a scuba-diving accident at age 50. Fred Kaplan, who had just left the Boston Globe, took over the military-affairs column Scott had been writing, "War Stories." Jack Shafer began writing "Press Box" regularly. William Saletan became chief political correspondent. Daniel Gross took over the "Moneybox" column. Meghan O'Rourke, a recent arrival from The New Yorker, succeeded Jodi Kantor as Slate's culture editor. On the business side, publisher Scott Moore got kicked upstairs to a high-powered executive job, and Cyrus Krohn—who had been Kinsley's first Slate hire back in 1995—replaced him.

2003
We joined forces with two media powerhouses in 2003. In May, Slate began distributing Garry Trudeau's Doonesbury strip on the Web, along with Doonesbury's archives, special polls, and contests. In the summer, Slate and National Public Radio began producing Day to Day, an hour-long midday news magazine. Day to Day became the fastest-growing show in NPR's history, airing on more than 100 stations by year's end. Seth Stevenson took over the "Ad Report Card" column from Rob Walker. Emily Yoffe began writing her hilarious, masochistic "Human Guinea Pig" column. We won the National Magazine Award for General Excellence Online, the first time a Web-only publication had nabbed the prize.

2004
We started considering an exit strategy from Microsoft. Though Microsoft had always supported Slate and respected its editorial independence, we were finding it hard to develop the business side of the magazine. Microsoft, which at one point in the late '90s was publishing several dozen content sites, had shut them all down except Slate and its MSNBC joint venture, and we began to feel we would be better off at a media company. So, in the middle of the year, Editor Jacob Weisberg and Microsoft executives began exploring the possibility of selling Slate. The Washington Post Company emerged as the most suitable buyer, and in the fall, Microsoft struck a deal to sell Slate to the Post.
In the meantime, we were busy with the presidential election. Our "Swingers" series took Slate reporters to every tossup state in the campaign. The "Election Scorecard," William Saletan's tool to analyze state polls, proved one of our most popular features ever, as readers frantically crunched and recrunched the data to see whether Bush or Kerry had the edge. And Henry Blodget returned from his Internet-era notoriety to cover the Martha Stewart trial for us.

2005-2006
The sale to the Washington Post Company went through in January, making us a sister publication to the Washington Post newspaper and Newsweek magazine. Slate closed its Seattle office and settled almost the entire staff in New York and Washington. Cliff Sloan, vice president of business affairs and general counsel for Washingtonpost.Newsweek Interactive, became our new publisher. Michael Kinsley, who had left briefly to run the Los Angeles Times opinion section, returned as a columnist. Our multimedia efforts grew. We started publishing the best newspaper political cartoons—a portfolio that now features 14 Pulitzer Prize-winning cartoonists. In December, Slate and Magnum Photos began collaborating on "Today's Pictures," a daily slide show of photographs from Magnum's extraordinary archives. Witold Rybczynski signed on as our architecture critic.*
Technological innovation, once a weakness, was becoming a strong point. Slate was one of the first major media outlets to begin podcasting, and our podcast is consistently one of iTunes' most popular. We launched our first regular video feature, Robert Wright's "Meaning of Life TV." In early 2006, Walter Kirn began writing his acclaimed online novel, The Unbinding, as a Slate serial.
What happened in a decade? When we began in 1996, we published once a week. By the beginning of 2006, we were publishing 20 times a day and putting up as many stories in 24 hours as we used to post in a week. In 1996, Slate was lucky to get 10,000 readers a day. In 2006, we often have 1 million readers a day. Slate's childhood is over. We're looking forward to an unruly adolescence.

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martes, diciembre 05, 2006

La TV de la mano de Al Gore



Hace un año y medio Al Gore creó Current TV, una cadena de TV estructurada sobre la base del denominado Viewer Created Content (VC2), contenidos realizados por creadores independientes utilizando cámaras domésticas, móviles con cámara o el propio computador personal. La cadena de el ex vicepresidente de EE.UU. ha generado una serie de artículos sobre los cambios que está viviendo la TV en ese país y el concepto de noticia -o historia- televisiva. A pesar que este blog se identifica con el pensamiento y obsesiones de Gore, este artículo de The Nation recuerda algunas de sus contradicciones, las virtudes y defectos de su cadena de TV y el futuro del negocio. www.thenation.com/doc/20050516/berman/1

Por The Nation
During a town hall meeting on MTV in 2000, Al Gore
dismissed a question about the rapper Mos Def.
Throughout his career, Gore viewed hip-hop music, even
when practiced by a politically conscious artist like
Mos Def, as an undignified form of political
expression. "Gandhi once said you must become the
change you wish to see in the world," Gore said of
hip-hop. "I don't think it's good enough to say,
'Well, we're just reflecting a reality.'"

Five years later, on a spring night in San Francisco,
none other than Mos Def was anchoring the pre-launch
party for Gore's new youth cable channel, Current,
reflecting a reality of a different sort--that of the
television business, where hipness trumps values. Gore
was there too, trying to pump up enthusiasm for what
he claims will be an entirely new approach to news and
culture. Looking bulky but relaxed, Gore asked the
diverse young crowd, "How many of y'all would like to
see an opportunity to talk about what's going on in
your world that you can participate in with
television?"

Current screened three video clips as evidence of what
the network plans to offer: the first a high-speed
montage, created by a team of producers, freelancers
and the audience itself, touching on everything from
poppy fields in Morocco to hacking into Paris Hilton's
cell phone; the second, a twice-hourly news update
spotlighting the top ten queries on Google for any
given subject; and the third, winner of a $10,000
submission prize, a satire of political campaign ads
that came across as an amateurish stab at The Daily
Show With Jon Stewart.

Reactions were lukewarm at best. "It's the same
references you see on any other channel," said
26-year-old activist Julian Davis. "When did Google
become alternative media?" asked 22-year-old filmmaker
Jennie Heinlein.

Comments like these suggest that what Current has
become is quite different from the vision Gore and his
partner, Joel Hyatt, started with. What began as an
effort to challenge Rupert Murdoch and the right-wing
domination of the corporate media has transformed into
a business proposition to lure a youth audience with
lofty rhetoric, new technology and pop-culture
content. Gore and Hyatt didn't have TV experience, so
they ceded creative control to industry people who
did. Along the way, "democratizing" the media--their
buzzword from the get-go, which they described as
giving space to ordinary young people--became more
important than politics or elevating television's
dismal content. What emerges on August 1, Current's
launch date, could re-semble an interactive
grad-school version of MTV. Current may still improve
youth television and usher in a wave of new
technology, but it isn't likely to change the media,
or the world. "Less and less they're trying to run a
company with a social mission," says Orville Schell,
dean of the Berkeley School of Journalism and a member
of Current's board of directors. "They want something
that's new and interesting and economically viable."

After the 2000 election, Gore became increasingly
concerned about the conservative shift in the press.
While teaching at the Columbia School of Journalism,
he invited Rupert Murdoch to discuss the corporate
consolidation of the media. Around the same time, Gore
was helping his old Democratic fundraiser Joel Hyatt,
an influential lawyer and entrepreneur who teaches
business at Stanford University, to try to buy The New
Republic. When the deal fell through, their attention
turned to the concept of starting a high-end political
website for progressives.

"The idea didn't have a business model," Hyatt says.
"Both of us, having spent 2000 fundraising, didn't
feel like once again asking our friends for money."
They explored different media possibilities and hired
Jamie Daves, who ran youth outreach for Bill Clinton
in 1992 and served as a senior official at the Federal
Communications Commission. Cable television, which
Gore dubs "the dominant medium of our time," became
the most appealing avenue, offering two revenue
streams, from advertisers and subscribers. As they
queried friends in the industry for advice, Gore and
Hyatt kept hearing the same refrain: There is no
market on TV for a liberal channel. No one will watch
it. No advertiser wants it. No cable operator will put
it on the air. So they turned to an emerging
demographic that appealed to both advertisers and
visionaries. Twentysomethings were defining their
buying habits, coming into their own politically and
were underserved creatively on television. The
decision was made to launch a youth network. Gore,
through a spokesman, declined to comment for this
article.

Hyatt and Gore knew cable would be a tough market to
crack. The most popular television shows for the
18-to-34 demographic today, according to Brad Adgate
at Horizon Media, are American Idol, Desperate
Housewives, Apprentice 2, CSI, ER and Survivor. The
West Wing ranks ninetieth, two spots ahead of 60
Minutes. The only network to attract and hold young
viewers consistently has been MTV. "Young people trust
what they get from MTV more than any other source,"
says Jehmu Green, president of Rock the Vote. "It's an
opportunity for Current to be the competitor and tap
into those not watching MTV." In fact, the channel
decided to aim at MTV's elder graduates, according to
Annie Zehren, Current's head of marketing.

In fall 2002, Gore and Hyatt summoned leaders in
media, technology and finance to brainstorm
programming ideas at San Francisco's Global Business
Network, an incubator for outside-the-box thinking.
Gore had been influenced by an MTV show in the
mid-1990s called UNfiltered, which consisted of short
personal narratives solicited by MTV and created by
the audience. The subject matter ranged from Christian
rock music to single mothers on heroin, but nearly all
of it was raw, enthralling and new. Yet some
participants at the gathering wondered if Gore's
enthusiasm for grassroots television was authentic.
"They [Gore and Hyatt] said they wanted 'genuinely
bottom-up media,'" recounts Douglas Rushkoff, a
new-media critic. "I kept thinking, Do you wanna do
this or do you wanna do something that looks like
this?" Rushkoff and others envisioned MoveOn.org in
prime time: TV that could make civic affairs cool.
Gore and Hyatt, at Daves's suggestion, recruited
Michael Rosenblum, the father of video journalism, to
execute their plan and agreed to hire a cadre of fifty
digital correspondents who'd form the backbone of the
new network. Shortly thereafter, in May 2004, they
acquired Newsworld International (NWI) from Vivendi
Universal for a reported $70 million, and tentatively
titled it INdTV. The network reached a slim 17 million
US households, but it gave Gore and Hyatt a launching
pad. The twenty investors were exclusively friends of
Gore and Hyatt, including Bradley Whitford, Melvin and
Bren Simon, Albert Dwoskin, Warren Lieberfarb, Rob
Glaser, Bill Joy, Bob Pittman and two California-based
equity capital firms, Yucaipa Companies and Blum
Capital Partners. The investors, many of them
Democratic heavyweights, had various motivations for
investing. Some thought they were getting a good deal
on a network and wanted to be in a position to grab
eyeballs at a cheap price if the venture failed.
Others were doing Al and Joel a favor and thought the
venture had a decent chance of succeeding. A third
group had a larger social or political mission in
mind. "People invested out of the belief we were doing
something that had the potential to be valuable and
important," Hyatt says. Glaser, CEO of the online
multimedia company RealNetworks and a major Democratic
donor, said through a spokesman that he "invested
because he thinks Al Gore is smart and determined and
will create a big success."

The investors will have to play an instrumental role
if Current hopes to succeed in a market where five
conglomerates determine virtually all of youth
culture. Hyatt insists Current has the financial
wherewithal to duke it out with the big boys, but it
won't reveal which cable operators he's met with, how
much money Current has or how they purchased NWI. "We
have outstanding and deep-pocketed investors," is all
he'll say. "We're the last--if not, certainly one of
the last--independent companies to be launched."
Current will start in 19 million households thanks to
distribution agreements (known as "carriage" in
industry lexicon) with DirecTV, Time Warner Cable,
select markets of Comcast and smaller regional
agreements. That's a better position than 95 percent
of start-ups but a far cry from stable. Agreements
with Dish Network, Cox, Cablevision, EchoStar and all
of Comcast will be necessary to grow Current into 50
million households, at which point advertisers begin
paying attention. Before that, it's a concept sell.

Essentially, Current will premier without a
constituency. "Fox News is the only one who's really
gained an audience [recently]," says Tom Wolzien, a
media analyst at Sanford C. Bernstein & Co. "It's a
tough go these days. You need to get distribution and
then have enough money to put content on the screen
that people will watch and then hope the advertisers
will come." Time Warner is urging prospective
start-ups to forget about 24/7 channels and move
solely to on-demand programming. "The gale-force winds
of the marketplace is the single most important
dynamic that everyone in this industry has to deal
with," Schell says. "Current is going to be no
exception."

In fall 2004 the decision of whom to hire as the
network's top staff began to refashion INdTV's
identity away from substantive news and commentary and
toward slick, MTV-style youth packaging. The new head
of programming, David Neuman--the former programming
chief for CNN who recruited Paula Zahn, Anderson
Cooper and Soledad O'Brien and started as a fellow in
the Reagan White House--seemed like an old-school
industry insider. The new head of marketing, Annie
Zehren, had launched Teen People magazine. The new
COO, Mark Goldman, had run Latin American operations
for Rupert Murdoch's Sky News. As Gore and Hyatt
relinquished creative control, Daves and Rosenblum
were quickly let go. Social change was out, running a
successful new network was in.

In December 2004, INdTV unveiled a batch of
programming themes, including "That's F*&^#ed Up,"
"Addiction" and, most memorable, "INdTV Paparazzi: Get
someone famous to opine on something substantive.
(Hey, Paris [Hilton]--what did you think of Rumsfeld's
quote on the armored Hum-vee shortage in Iraq?)." One
unsuccessful digital-correspondent applicant, former
TechTV intern Tim Lang, described INdTV's vision as
"Amorphous Revolution. The overthrow of nothing in
specific."

On April 1 INdTV transformed into Current and publicly
resurfaced for a preview press screening at its
stylish two-story headquarters--exposed brick walls
and beams, wood floors, modern and minimalist art.
Flat-screen TVs everywhere glowed with Current's new
logo, four green squares reminiscent of a Josef Albers
painting. Gore, wearing a gray suit, open
black-collared shirt and black cowboy boots, amiably
opened the press conference and reiterated what his
network was not. "We have no intention of being a
Democratic channel, a liberal channel or a TV version
of Air America. That's not what we're all about. We
are about empowering this generation of young people
in the 18-to-34 population to engage in a dialogue of
democracy and to tell their stories of what's going on
in their lives, in the dominant medium of our time."
The programming, Current officials explained, will be
a mix of material produced by David Neuman's in-house
team of young correspondents, queries from freelancers
and submissions from the audience, which Current hopes
will be the network's core. At the beginning, viewers
will provide less than a third of all programming. But
Neuman hopes to ramp up quickly, eventually soliciting
a "tapas bar for young adults."

That night, as Current threw a street party for its
target audience, Gore hosted a swanky, closed-door
wine and hors d'oeuvres shindig at Current's
headquarters, visible from the street through its
large glass windows. Massaging the industry was more
important than meddling with the masses. When Gore
finally stepped out to address the crowd, he was
trailed by San Francisco Mayor Gavin Newsom, Leonardo
DiCaprio and Sean Penn.

Press response to the pre-launch ranged from skeptical
to sarcastic. "Finally a cable network for burned-out
stoners of all ages," joked John Dvorak on
MarketWatch.com. "Launching a cable channel is nearly
impossible," wrote San Francisco Chronicle TV critic
Tim Goodman. "Not even Gore's unquenchable enthusiasm
can change that fact." "This week, I told former vice
president Al Gore why his new cable-television venture
would never work," wrote Newsweek's Brad Stone. The
blogosphere, with its open-source proclivities, seemed
more receptive. "If they can help create a generation
of citizen journalists and indie mediamakers, they
have my full-blooded support," blogged Chuck Olsen, an
unsuccessful Current applicant and documentary
filmmaker.
Current's business model depends on being different
and separating itself from the 400-channel pack. But
is the programming previewed thus far--attractive
hosts in a "club-like atmosphere"; specials on
celebrities, fashion, music, parenting, religion,
technology and travel; fast, jump-cut editing for the
MTV generation--really that distinct from what young
people are already watching? "Politics" is simply
another word in Current's programming lineup, not a
guiding theme. "In the beginning, when the idea was
long-form documentaries--they were perhaps not an
antidote to Fox but an antidote to the soundbite
broadcast media," Schell explains.

If the marketplace drove the network's decision to go
after youth, then youth drove Current toward
short-form content. The network likes to think of
these one- to six-minute narrative segments, what they
call "pods," as the new music video. "It was so
consistent with the fast-paced,
two-screen-consuming-at-the-same-time nature of this
audience," Neuman explains. "This is an audience that
has become 'media grazers,' and we decided to create a
network that didn't fight that but rather facilitated
that." But such a brief window allows for virtually no
context, something that most of TV news already sorely
lacks. "That's the old question," says Schell. "Do you
satisfy what people want or do you try to change their
taste?"

Now the audience--Current hopes--is in a position to
answer that question, uploading videos, ranking what
they see, fusing the choice of the Internet with the
quality of TV. Current's online "assignment
desk"--where would-be contributors can visit for
ideas--contains a few promising suggestions, including
"Current Citizen Journalist" ("Shoot a story that
traditional news media won't touch because it's too
big, too small, or too something") and "Current
Change" ("Who's out there making positive change in
the world?"). On the other hand, a featured
fifty-five-second submission on the website shows
drunken claymation figurines puking.

Gore, a geeky guy with a brilliant mind, maintains
that the intersection of technology and culture will
direct Current in the right direction. "I personally
believe that when this medium is connected to the
grassroots storytellers that are out there, it will
have an impact on the kinds of things that are
discussed and the way they are discussed," he said at
the press conference. It sounds like a nonideological
Dean campaign on television, complete with Current
MeetUps. Yet this vision--like Gore's "People Versus
the Powerful" speech in 2000--may not last any longer
than Gore's earlier forays into populism. Just take
one look at cable TV news, with its recent
wall-to-wall coverage of Michael Jackson, Terri
Schiavo and the Pope. "Networks do studies and
research and put on what people will watch," says
Victoria Clark, a lobbyist for Comcast and a former
spokeswoman for the Pentagon. "It's a business." Such
are the perils of Current's audience-generated model.
If the 18-to-34 crowd really wants to see Paris
Hilton, the Gore gatekeepers may be powerless to stop
it. At the same time, if media savvy right-wingers
test the opportunity that Current provides to air
videos of themselves blocking abortion clinics or
taunting left-wing Columbia professors, Current may
choose to discourage political programming altogether.
Opening the gates won't necessarily trigger more
sophisticated content.

"What are you talking about when you say
'democratizing the media'?" asks Cara Mertes, the
executive producer of the PBS documentary program POV,
which draws a substantially younger audience than
regular PBS programming. "Is it using media to further
democratic ends, to create an environment conducive to
the democratic process through unity, empathy and
civil discourse? Or does it mean handing over the
means of production, which is the logic of public
access. In that case, you get a shouting match, a
bunch of stuff nobody is watching."

Can Current be serious and dignified and appealing and
popular? "On air, you're faced with the tyranny of the
mass media," says Steve Rosenbaum, creator of MTV's
UNfiltered, the inspiration for Current's initial
vision. "Which is: If you do three pieces--one on the
environment in Alaska, one on homeless people in New
York and one on teenage girls getting breast implants,
guess which one will do better than the others?
People, especially those who watch TV, tend to be
attracted to less intelligent, coarser, less
thoughtful programming."

Current has always been a work in progress, and
perhaps never more so than today, only a few months
before its launch. One thing is certain, however.
Whatever Gore and Hyatt create won't be part of a
broader progressive movement reclaiming American
media. The more Gore says Current won't be political,
the more likely he is to turn off the grassroots
activists (and political players) who may have
supported him. "They missed an opportunity to trade on
that hunger for meaningful participation," Rushkoff
says. "They underestimated how far they could've
gotten."

Maybe, in this age of corporate consolidation,
launching a viable, independent media company is
itself an act of political resistance. Yet one can't
help getting the sense that Gore and Hyatt, by buying
a network, lining up bigwig investors, hiring industry
professionals and courting advertisers and cable
operators, ended up doing new media in a decidedly
old-fashioned way. Instead of transforming the media,
the media business may have transformed them.

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