lunes, noviembre 06, 2006

Jon Lee y el Periodismo en estado de guerra


Esta es una entrevista a Jon Lee Anderson, redactor del New Yorker y que fue publicada por la revista Dossier,que edita la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP. Anderson es uno de los grandes periodistas estadounidense. Siempre dispuesto a no negociar una envidiable independencia, trabajó para The Nation, New York Times, Harper´s y The Guardian. Sus perfiles -especialmente los relacionados con los más crueles tiranos- son parte sustancial del periodismo hoy. De hecho, el mito es que su perfil de Pinochet -publicado en el New Yorker- alertó a Baltazar Garzón sobre la presencia del dictador en Londres. Jon Lee además, debe ser uno de los periodistas que más sabe de Oriente Medio. Su último libro, La Caída de Bagdad, recibió elogios por su contenido y estilo narrativo. Pero más allá de su historia, es interesante conocer cómo ve la profesión uno de los grandes profesionales estadounidenses.

¿Dónde están tus instintos hoy? Dices que quieres volver a África, hacer algo en América Latina, pero es difícil. Estados Unidos está en guerra e Irak se ha convertido en tu centro de operaciones.
Hay que entender que el periodismo es la forma que yo utilizo para comunicarme con el mundo. Soy una persona interesada en lo que pasa alrededor mío; siempre he tenido el afán de entender el mundo y lo hago a través de mi profesión. El periodismo me da la posibilidad de indagar problemas, de entender cosas que me afectan e interesan. No creo saberlo todo, de hecho desconfío de ese tipo de periodista, pero sí busco una manera de incidir en la opinión pública. Estados Unidos es el país más influyente en el mundo y genera la mayor cantidad de noticias. Entonces, mi responsabilidad como periodista es investigar en lo que esté implicado mi país. Incluso siento que a veces mi rol es mediar, ya que no sólo soy norteamericano, sino ciudadano del mundo. He vivido en 14 ó 15 países durante toda mi vida. Entiendo a mi país como estadounidense, pero también como si fuera de Chile o de Inglaterra. Mi mayor preocupación como persona o como periodista es definir racionalmente la coyuntura en la que estamos, porque a diario tendemos a alejarnos hacia un mundo incierto, sólo de percepciones. Tenemos un mundo en colisión: decirlo y enseñarlo es también nuestra función. Así siento mi trabajo, en especial en estos momentos.

¿A qué te refieres con ser un mediador?
Hay personas que creen saber mucho y hablan de otra gente sobre la base de falsas teorías de conspiración o simplemente porque están adscritos a una fe. La situación es peor aún si sumamos a las tecnologías, que tienen el terrible potencial de hacer pensar a la gente que sabe cosas sobre otros, sin que realmente tenga conocimiento de los hechos o los fundamentos de esos hechos. Ese es uno de los grandes problemas que veo en este mundo virtual, lo que obligan a tomar el rol de mediador. Mi periodismo no se basa en creencias, sino en lo empírico, en lo experimentado. En lo que veo y muestro. Y me siento mediador, porque intento trasladar e interpretar esa realidad al mundo, más allá, para que otros lo comprendan. Por ejemplo, trato de hacer entender a un norteamericano que alguien en Irak es bastante parecido a él. Con diferencias culturales, por supuesto. Pero muy parecido.

¿Cómo se hace para que esta mediación no se transforme en manipulación? En especial cuando ves que el mediador está rodeado de un proceso muy fuerte de manejo de información.
Es una preocupación, sin duda. Estoy más conciente de la palabra mediación después del 11/9, cuando Irak y Afganistán entraron en la agenda mundial. Después del ataque a Estados Unidos apareció un grupo de gente con ideas muy fijas de lo que significa ser norteamericano o ser occidental, y es muy difícil hacerlos cambiar de opinión. A eso iba con el mundo que cree tener conocimientos amplios y no son más que teorías de conspiración y juicios culturales y religiosos. En mi país tenemos muchos políticos que inciden de forma violenta y determinante en muchas otras culturas, y para lograrlo predican un integrismo propio, lo que implica un retorno a la Edad Media. Ante esa situación, creo que es un deber social de nosotros los periodistas abrir en otras personas y en ese sentido me siento un “mediador”. Escribo para el New Yorker, un medio norteamericano que se dirige a una elite, pero que también tiene relevancia en otras clases sociales y en otros países, donde lo siguen y respetan. Estoy conciente que lo que escribo puede tener repercusiones y eso conlleva a una responsabilidad mayor. Sin duda que cualquiera de nosotros puede ser manipulado y es uno de los peores riesgos que tenemos hoy en día. Y quizás, como nunca antes.

¿Por qué?
A veces los intereses del gobierno reflejan los intereses estrechos de un grupo de poder, o de un magnate de un país que a su vez es dueño de un medio. Los periodistas son, al fin, empleados y, por ende, sujetos a esos intereses. Gracias a los nuevos instrumentos tecnológicos, ha aumentado la posibilidad de que los medios se transformen en armas de doble filo. Hace 50 años atrás, los periodistas hablaban de la guerra desde la óptica exclusiva de los ejércitos de sus países. Ahora no. En las últimas décadas, desde Vietnam, se ha abierto el campo de acción de los periodistas en las guerras. El público espera mas amplitud de cobertura, no siempre desde una óptica patriótica; quieren conocer la verdad de lo que ocurre. Esto representa una amenaza real para los bandos en conflicto, que antes solían controlar la información a través de periodistas leales. Ahora son muchos que te dicen “estás con nosotros o no estás”. Han aumentado los secuestros, los asesinatos y la agresión a los periodistas en todo el mundo. Las presiones vienen desde los protagonistas de los hechos. Por eso la importancia de no dejarse tentar por la manipulación y darle un objetivo mayor a lo que uno hace como profesional. Por otro lado, los periodistas siempre corremos el riesgo de ser manipulados por el editor, el dueño del medio o los protagonistas de la noticia. Hay veces que uno sabe que debe que reportear y de que forma, ya que se puede ofender a tal y cual, y uno pierde el trabajo. Esa es una experiencia para muchos periodistas en el mundo donde la prensa no es verdaderamente independiente. Es algo que ha existido y existirá siempre. Más aún cuando hay conflicto. Por lo mismo, la necesidad de tener valor ético es más relevante hoy que nunca.

Otra forma de manipular es acotando los temas. Decir que Darfur en Africa es un hecho sin relevancia, a pesar del genocidio de 50 mil personas. Lo mismo ocurrió en el caso de Ruanda y Bosnia. La forma que tienen los dueños de “mediar” en la información es diciendo, por ejemplo, Latinoamérica no tiene ninguna importancia en la agenda mundial. Esto finalmente puede desanimar a muchos periodistas. Incluso a ti, que te interesas por esta parte del planeta.
Cuántas veces he escuchado a los dueños de los medios decir que a nadie le interesa Latinoamérica. Y he visto a mucho periodistas frustrarse y sentirse abandonados. Pero ese no es el tema. También estos periodistas tienen una opción si lo creen verdaderamente importante. Pueden abandonar estos medios, independizarse y escribir sus propios libros o revistas, o participar de un grupo activista de derechos humanos. Hay muchas alternativas para los periodistas agobiados, aunque siempre sea más difícil. Los recursos económicos son parte de esas barreras. Algunos tienen 35 años, tienen hijos y se acomodan a una vida sin problemas. Otros se frustran. De joven yo escribía para Time desde El Salvador. Si bien la revista me apreciaba como periodista, no le gustaba lo que yo estaba enviando desde ese país porque, según su editor, era muy cruento. Debido a la tendencia política del director de ese momento, muchos de mis artículos nunca salieron a la luz, porque lo que yo reporteaba ni ayudaba a su causa preferida. Entonces, mi recurso fue contar a otros colegas, algunas de las cosas que descubría. También hice algunos trabajos free lance. En otros casos dejé “chorrear” información a organizaciones de derechos humanos o en algunos casos yo tenia información que implicaba la diferencia entre la vida y muerte de algunas personas, y no podía sentirme ser humano si simplemente la guardaba y me quedaba callado. Así, a pesar de lo sofocado que me sentía, pude mantener la integridad ética y moral.

Se suele criticar mucho a la prensa estadounidense. Quizás porque representa un referente histórico de la independencia editorial y hoy se le ve jugando un rol más tibio, en especial frente al gobierno de George W. Bush. Muchas publicaciones de importantes universidades de ese país afirman que la luna de miel de la prensa con la actual administración, después del 11/9, fue muy larga y que en estos años la prensa se dejó manipular por el gobierno republicano.

Es cierto lo que dices en torno a las percepciones críticas, y me preocupa tremendamente. Encuentro tanta similitud en las opiniones de gente tan distante como puede ser un ciudadano en Venezuela, otro en Irak o uno en Francia. Tanta gente que cree lo mismo: que los judíos fueron los que bombardearon las Torres Gemelas. O inclusive que fue una conspiración de Bush, porque así podía invadir Irak sin problemas. Parece descabellado, pero lo que ocurre con las teorías de conspiración es que siempre tienen un grado de similitud. Hay un germen de verdad y sobre la base de eso se construye toda una creencia, todo un folklore que se extiende y se extiende desenfrenadamente. Así como estas teorías de conspiración son bastantes difundidas en el mundo —porque la gente no quiere tener dudas y prefiere el blanco o el negro, antes que los grises, que es verdaderamente el lugar para encontrar la verdad—, prefieren escuchar o leer que hubo una entrega total de la prensa estadounidense a la administración Bush. Pero la verdad es lo contrario: la gente conoce muchos hechos muy indignos para la administración Bush, gracias a la mismísima prensa norteamericana. ¿Cómo saben de Guantánamo? ¿Fue un periodista paquistaní quién lo contó? No, fue gracias a la prensa norteamericana. ¿Quién reveló Abu Grahib? ¿Fue acaso la prensa europea, de Arabia Saudita o de Turquía? No, fue un periodista del New Yorker. ¿Cómo sabemos de los líos dentro de la administración Bush o del Pentágono? Definitivamente no por los profesionales de Rusia ni de China. La noticia del muy sonado masacre de civiles en Haditha, Irak, cometido por unos marines norteamericanos que se revelo hace poco, es otro caso. No fue un notición de la prensa chilena ni egipcia, sino la norteamericana, y es más, de la muy ‘mainstream’ revista Time. Todo eso que se sabe o se dice saber sobre Estado Unidos es gracias a los medios de mi país. La prensa estadounidense puede tener errores. Pero si se ha formado la impresión de una prensa norteamericana endeble o tibia, como has dicho, es debido a la libertad de prensa de mi país. Porque lavamos la ropa sucia en público, a diferencia de muchos otros lugares. Por eso todos tienen fijación sobre esa prensa. Esa es la diferencia central entre una nación con libertad de expresión y los que no la tienen de verdad. Después del 11/9 hubo casos de cercanía con la administración Bush por parte de periodistas e inclusive algunos medios fueron obsecuentes. Pero nuestro sistema está hecho para autocorregirse constantemente. Y así fue.

¿No tuviste problemas en el New Yorker por tus notas?
No. Dos semanas antes de la invasión de Irak yo publiqué una crónica en el New Yorker poniendo las voces y los testimonios de iraquíes que afirmaban que si bien Saddam no era un santo de su devoción, tampoco estaban de acuerdo con la invasión que se aproximaba. Y hablé acerca de las dificultades que tuvo la invasión de Gran Bretaña en Irak hace ochenta años. Un poco como advertencia e intentando explicar que Estados Unidos no estaban considerando las consecuencias.

El director de New Yorker, David Remnick, se declaró públicamente a favor de la guerra en un artículo de opinión firmado. Aunque la filosofía de la revista no cambió, hizo que sectores progresistas de Estados Unidos llegaran a denunciar que la revista se había vendido a la Casa Blanca. ¿Cómo viviste ese momento?

El tiene la libertad de escribir lo que piensa en la editorial. Como el New Yorker tiene una diversidad de opiniones, David estaba en su derecho de dar la suya. Pero eso no quiere decir que era la opinión de todo el equipo editorial de la revista. De hecho no lo fue. Y sí hubo discusiones dentro del equipo, por supuesto. Si bien David Remnick tuvo esa opinión, aunque yo no la compartiera, al menos tuvo el profesionalismo de no involucrar el trabajo de la revista. O de que yo reporteara lo que él quisiera desde Irak. Lo que hizo fue una especie de reseña de un libro que se llamaba “The Theatening Storm” que convenció a mucha gente —por la forma en que estaba escrito— de que había una amenaza real en Irak y que era necesario invadir. Kenneth Pollock, el autor, desde hace un año ha pedido disculpas públicas por el texto y el efecto que tuvo.

¿Cómo te explicas que a pesar de que como negocio las revistas estén pasando por un duro momentos, el New Yorker tenga un nivel de fidelidad del 85% entre sus suscriptores, más de un millón de lectores y que en los últimos años incluso muestre utilidades?
No hay otra experiencia similar como esta revista. Es genial en el sentido de que hay algo ahí para todos. Siempre se publica un tema muy ecléctico y otro de mayor interés masivo. Por ejemplo, en el último número hay un artículo acerca de la Corte Suprema, otro sobre un licor prohibido, otro sobre las políticas de Bush en contra de los científicos. Hay críticas de teatro, cine, de todo. Además, ha logrado mantener una mística gracias a David Remnick, que le ha dado contemporaneidad, sin perder las líneas de fondo, lo que significa que debe estar bien escrita.

¿Te imaginas trabajando en otra revista?

Con dificultad.

En general siempre muestras dos facetas. Tanto en tus clases como en tus textos podemos apreciar al periodista y al escritor. A Kapuscinski se le critica que se sale del periodismo para hacer más literatura o que agranda fenómenos para acercarse a un estilo más literario. ¿Cómo manejas que el Jon Lee escritor no se coma al Jon Lee periodista?
Mi oficio es ser periodista, pero mi ojo es de escritor. No creo que uno sea mejor que el otro. Incluso a veces me aflijo, porque no me son naturales algunas cosas que le resultan naturales a un periodista. Si estoy en un juicio, por ejemplo, a veces estoy más maravillado con el tipo de madera que cubre el tribunal, que con lo que dice el abogado. El periodista está pendiente de anotar todo lo que ahí se dice. Yo a veces me siento bastante cojo al momento de reportear un escenario que para un periodista de una agencia de noticias sería algo muy sencillo. A mi me cuesta. Siempre estoy un poquito más en el aire, buscando algo que me haga sentido, que me dé contexto. El escribir una crónica bajo premura o presión no me da tiempo para digerir esa parte subconsciente que uno descubre al investigar, esa parte creativa. En ese sentido, me siento un pintor.

Al escribir, ¿te planteas la misma disyuntiva?
Siempre me siento un poquito frustrado al escribir. Puedo ver una crónica mía de 10 mil palabras y lo que yo recuerdo es sólo una línea o una frase del texto, de la cual me enorgullezco mucho, porque sé que esa frase me salió del alma. Generalmente es una descripción o algo que viene de la intuición, no de mis notas. Si soy un buen o mal escritor no lo sé, pero si hago un esfuerzo para ser un buen periodista. Si estoy escribiendo periodismo hay una línea muy clara entre lo que es imaginación y lo que puedo constatar. No escribo sobre cosas que no me constan. El mundo es tan fantástico tal cual, que no creo que haya que inventar nada. Por eso me asombro de los periodistas que son descubiertos por falsificar o tratar de mezclar episodios de la vida real con su imaginación. Como lo que pasó con Jason Blair en el New York Times. Después de que son descubiertos, estos tipos siempre terminan como novelistas de cine o guionistas... o las dos cosas. Algo parecido a ese problemas de los transexuales. Nacieron mujeres y después quieren ser hombres. Yo no creo que tenga ese problema…

En el artículo sobre el huracán Katrina lograste transmitir el entorno, la descripción de escena, tal como lo haces en tus libros.
Todo depende de cómo lo vives. Con lo que absorbí durante los tres o cuatro días que recorrí las destruidas y anegadas calles de Nueva Orleáns, no podía ponerme a hablar de política. No tenía potestad ni experiencia par acercarme a un escenario sobre las causas administrativas del desastre. Eso es más bien para los diarios. Yo tenía que ir y tratar de experimentar y hacer que la gente experimentara conmigo lo que estaba ocurriendo ahí. Y todo mi entorno era muy dramático. Lo sentía en todo mi ser. Si eso logró plasmarse en la nota es porque lo sentí. No me sentía frío ni neutral. Así es como reacciono en las guerras también. Si me preguntan cuál es la mejor arma de un periodista, es la humanidad: realmente sentir lo que otros sienten.

¿Cómo ves tú el futuro del periodismo? Existe una generalizada opinión de que la tecnología va a dominarlo todo. Las universidades están discutiendo que los jóvenes no leen diarios y las acciones de los periódicos más importantes se van a pique en Wall Street. Jean Francois Fogel, director del lemonde.fr cree que las audiencias van a controlar los contenidos en tiempo real.¿Cómo ves estos cambio?
Sin duda la audiencia es muy importante. Mi amigo Jean Francois lo cree así. Pero si seguimos su lógica y la de las audiencias, todavía tendríamos ajusticiamientos públicos en Inglaterra, pues todo el mundo iba. Era a gusto de muchos una tremenda fiesta, pero a través del tiempo la sociedad se civilizó en algo. Si vas a Texas y le preguntas a los granjeros qué harían con los mexicanos que cruzan la frontera, probablemente respondan que sería bueno ahogarlos a todos en el río Grande. Por las audiencias masivas tenemos hoy día Gran Hermano y todos esos morbosos shows de realidad que apelan a los bajos instintos de los ahorcamientos en público. Es un argumento un poco extremo, diría Jean Francois. Pero si nos apegamos al gusto de las grandes masas consumidores y lo convertimos en canon, perdemos algo intrínsico de nuestra cultura, creo yo.
Yo utilizo el internet también, pero la lectura profunda la hago sobre papel. No me imagino leer un libro en un e-book o e-paper. En fin, lo que es cierto o apropiado para algunos, para otros no lo es. Para algunos el periodismo, tal como lo conocemos, está en jaque por el auge de Internet y sus genialidades, que nos permiten adquirir información de una forma mucho más instantánea que la tradicional. Estamos en el momento que eso implica un reto para los medios tradicionales y muchos están viendo cómo hacen para incidir en las nuevas tecnologías. Yo no puedo pronosticar qué va a pasar de aquí a 50 años. Quizás no tendremos diarios en papel. De todas maneras, si igual es un diario, qué importa si es papel o no. ¿Cuál es el asunto? Pero no creo que el papel deje de existir. Ni que yo como periodista voy a tener que regir lo que yo hago debido al estado de opinión impuesto por unos blogeros. No olvida que a veces lo que se abandona por la fiebre de lo moderno vuelve luego a aparecer, si es útil y valioso, o al gusto de la gente. Hay ejemplos: A la gente le gusta escuchar música en toca disco: desaparecieron del mercado por 10 años, pero reaparecieron porque a la gente les gusta, aunque haya CDs. Los discos de vinilo están para quedarse aunque sean para una minoría. En Inglaterra los diarios se van achicando hasta ser pequeñitos. No está mal. Y si logran ser rentables unos pocos diarios chiquitos y además tener Internet, está bien.

¿Qué importancia le das a la enseñanza del periodismo? ¿Es una vocación? ¿Es una manera de transmitir este espíritu humanista que dices debe tener el periodismo?
Son ambas cosas. No tenía ninguna expectativa antes de comenzar a hacer clases, pero resultó que me sentí bastante bien. Lo gocé mucho. Por una parte me gustó estar en compañía de colegas, de jóvenes, me gustó que otros pensaran que yo tenía algo que compartir. También disfruté la posibilidad de salir de mi mismo por un tiempo. Siento que soy alguien que sigue explorando, que tiene mucho mundo todavía que descubrir. Además, como los alumnos me hacen preguntan, me obligan a pensar en lo que hago. Pienso que hay bastante talento entre los jóvenes y si hay errores que yo puedo compartir ayudo a que otros no los cometan. Uno no puede estar siempre solo en el mundo.

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2 Comentarios:

Blogger Angélica Bulnes S. dijo...

Una sugerencia: pon también el artículo de Dossier, sobre el chequeo de datos -práctica bien desconocida por estos lados- que estaba bien entretenido.
Saludos
Ab

12:10 p. m.  
Blogger andrés Azócar dijo...

Gracias. Lo pensaba poner el lunes.
Besos
A

2:43 p. m.  

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